Archivo de la etiqueta: razón

El Poder de la Razón por H.G. Gadamer.

Es una contradicción, el que la razón, debe tener poder y ejercer dominio.”

Gadamer
HANS-GEORG GADAMER

“Sobre el Poder de la Razón”, es un discurso de Hans-Georg Gadamer pronunciado en la inauguración del XIV Congreso de Filosofía de Viena, el 2 de septiembre de 1968. Está compilado en la obra Elogio de la Teoría junto con otros discursos, artículos y conferencias.

Gadamer, parte de la convicción básica de toda la Ilustración: la fe en la razón y en su victorioso poder, siendo la filosofía la consumación de tal movimiento. Sin embargo, afirma: “si la filosofía fuese realmente pura ciencia de la razón, o la razón de la ciencia, no habría, entonces, duda alguna de que la razón en forma de filosofía ocupa, hoy, ciertamente en la vida humana, el verdadero lugar dominante del que gozó en otros tiempos como reina de las ciencias”[1].

La “Razón“, según Gadamer, se manifiesta impotente ante todas las experiencias de la humanidad: la pasión, la violencia, la guerra, el abuso de la ciencia (energía atómica), etc. A pesar de esto, el que piensa, conserva la esperanza y la confianza de que, al final, la razón vencerá, imponiendo a la vida humana grandes y razonables formas de equilibrio, aún yendo contra la sinrazón, donde los hombres confluyen.

Al pasar del análisis de conceptos al conocimiento del mundo, la razón hace de la ciencia ya no sea ciencia de la razón, sino de la experiencia, gracias al escepticismo de Hume y la Crítica de la Razón Pura de Kant. Consecuencia de ello, es la desacreditación de la fe en la razón. No obstante, Gadamer dice que “el conjunto de nuestra moderna fe en la ciencia subsiste como testimonio indirecto del poder de la razón, y es bueno ser consciente del valor de este testimonio; y sin duda, también de su limitación”[2]. La razón humana ya no es reflejo de la infinita razón divina, sino testimonio del poder de la razón, que hace del humano apto para la ciencia, confrontándolo con su propio saber, y con su propia capacidad de juicio.

Los griegos, comprendieron la maravilla de la ciencia como posibilidad para los humanos. Platón, al componer su Estado ideal, incluía a la ciencia como camino hacia el bien común, dentro del ámbito de la educación, junto con la matemática, la música, la astronomía. Aristóteles analizó la relación existente entre la capacidad humana hacia los intereses teórico y la construcción de la esencia humana a través de la educación en familia y en el orden social. “Poder dedicarse enteramente a lo «teórico» presupone el «saber práctico», la fuerza de conducción de la razón en la acción y en el comportamiento humanos”[3].

La razón, no es simplemente una capacidad que uno tiene, sino algo que sirve para formar.

La razonabilidad es mucho más que una actitud humana, algo a lo que uno se ciñe y que uno mantiene para crear y para conservar el siempre nuevo orden humano y moral edificado sobre normas comunes. “Justamente porque la razón práctica se pone en obra al mismo tiempo siempre como concretización de lo que da sentido a la vida […] podría mantenerse la unidad de la ciencia práctica”[4], aunque ésta, al estar subordinada a la naturalidad de la nueva ciencia de la naturaleza, deslegitima cada vez más el saber de una ciencia práctica.

Así, la nueva ciencia trajo al hombre el dominio de la naturaleza en una dimensión y en un sentido completamente nuevos. El nuevo saber penetró a través de la abstracción, la medida y el cálculo en las leyes que rigen la naturaleza. “La nueva ciencia, aunque como siempre estaba orientada exclusivamente al simple conocimiento de la naturaleza, al maravillado desciframiento de sus secretos, al conocimiento de las leyes de su orden que tan, infinitamente atrás, dejan a todas la formas humanas de la ley y el orden, era un saber de las posibilidades de dominio sobre acontecimientos naturales y se incorporó por sí misma al ilimitadamente amplio ámbito de la praxis humana”[5].

Gadamer expresa como signo característico de su época, el que se emprenda la fundación de la organización de la sociedad, sobre los conocimientos de las ciencias de la experiencia. Agrega además, que: “en la moderna sociedad industrial, la razón es lo que conduce el poder en las obras, ya sea en la razón comercial del productor que valora la venta, o en la del planificador, que estima la demanda y establece las prioridades de su satisfacción. Todos se servirán en sus planes del consejo de la ciencia, tal como las autoridades que gestionan el ente público y, por último, la política cultural”[6].

La forma de acepción de la Razón

Todo lo evidente, lo que ha llegado a ser común, la convicción común, predetermina, necesariamente el trabajo metódico de la investigación, la elección de su modo de preguntar como la valoración de sus resultados, y la opinión pública que le sigue. Se denomina a lo que predetermina nuestra capacidad de juicio, nuestros prejuicios. La ley de vida de la ciencia es no dejar sin probar en un solo prejuicio, someter a todos los fenómenos desconocidos y todavía no dominados a investigación teórica y conducirlos al dominio científico. “El especialista de la construcción de la opinión, el estudioso de la opinión pública, el publicista, el sociólogo, el psicólogo social, el politólogo, surten progresivamente el círculo de los expertos de la ciencia cuyo juicio cuenta”.[7]

La razón consiste siempre en no afirmar ciegamente, lo tenido por verdadero, sino en ocuparse en ello críticamente”

Hablando del lenguaje, Gadamer afirma que todas las sensaciones comunes toman expresión en palabras nuevas que entran en uso. “Hay dos palabras, en especial, que ya a través de su formación delatan qué, a falta de posibilidad de identificación, sentimos por lo general, las palabra nuevas y una antiguas, bajo esquemas de el limitado campo de aplicación como base: la tecnocracia y burocracia”[8]. En estas palabras se reclama justamente el dar cuenta de la necesidad de la razón y el identificarse con la inteligencia. El tecnócrata hace imposible toda identificación racional de su voluntad con el interés común, siendo el representante de una violencia extraña, inaccesible a la razón. La burocracia, como reconocido vicio capital de la gestión racional del mundo, ataca por completo, en nombre de una razón vulgar que se quiere común y no sólo la incomprensibilidad de la ciencia común , sino la falta de comprensión de las acciones administrativas.

Por último, Gadamer termina exhortando a que los filósofos, como expertos de la razón, alcen el poder de ésta por encima de toda duda, aunque es contradicción “el que la razón debe tener poder y ejercer dominio, y es por completo normal, que el gremio de los filósofos, sea casi imperceptible en el juego de fuerzas de las verdaderas luchas de poder entre los Pueblos; los Estado; las Religiones; las Concepciones del Mundo; los Sistemas Económicos.

No hablamos en nombre de la razón. El que habla en nombre de la razón, se contradice. Pues lo razonable es conocer la limitación de la propia inteligencia y, precisamente de ese modo, ser capaz de una mayor comprensión, venga de donde venga. […] La razón consiste siempre en no afirmar ciegamente, lo tenido por verdadero, sino en ocuparse en ello críticamente”[9].

Bibliografía

  • Hans-Georg Gadamer, Elogio de la teoría, Barcelona, Península, 2000, pp. 44-57.

[1] Hans-Georg Gadamer, Elogio de la teoría, Barcelona, Península, 2000, p. 45.

[2]Ibídem, p.47.

[3]Ibídem. P. 48

[4]Ibídem, p. 49.

[5]Ibídem, p. 50.                                                                                                        

[6]Ibídem, pp. 51-52.

[7]Ibídem, p. 54.

[8]Ibídem, p. 55.

[9]Ibídem, pp. 56-57.

Adorno: el Arte como Mímesis y Razón

Nada referente al arte es evidente: ni en él mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia.

Adorno
Adorno

Adorno es uno de los grandes exponentes del pensamiento alemán del siglo XX, representante de la Escuela de Frankfurt y de la teoría crítica que tiene su fuente directa en el marxismo.

Él considera que la Ilustración cuyos objetivos fueron quitar el miedo a los hombres y convertirlos en amos ha cambiado. Es decir, sus objetivos y consecuencias, así como la desproporción que existe entre ellos, tienen su origen en el punto convergente de la racionalidad formal y racionalidad instrumental.

La Ilustración no se percibe pues, como un proceso de iluminación, sino que, ésta misma ha de ser ilustrada, a través de: la interpretación de la realidad en clave materialista, elaborando “artificios” que permitan iluminar los enigmas que la realidad misma propone, es decir, a través de los fenómenos mismos. Sin embargo, ante una realidad que no se adecua a la razón – sino que la quebranta una y otra vez – la filosofía se queda en la realidad irreductible y contingente sobre lo real. Así pues, es que solo podrá interpretar una realidad carente de intenciones mediante la construcción de imágenes a partir de los elementos aislados de la misma.

Para Adorno, el momento histórico, es constitutivo de las obras de arte.

Adorno abordará en su Teoría Estética, la revisión dialéctica y crítica de categorías estéticas tradicionales como mimesis, contenido de verdad, carácter enigmático, apariencia estética y otras. Para esto, la relación sujeto-objeto, no mediada por el dominio (retomando su tesis de la Ilustración) es la que se establece a partir de la afinidad (mimesis) con el objeto, es decir, no hay relación de intencionalidad sino de afinidad. Para Adorno, racionalidad y mimesis han de encontrarse para salvar a la racionalidad de su irracionalidad. “Mimesis es el nombre para esas formas de conducta del ser vivo sensorialmente receptivas, expresivas, que se van acoplando en la comunicación. El lugar de esas formas miméticas de conducta han mantenido un carácter espiritual en el curso del proceso de civilización, entre estas está el arte: el arte es mimesis racionalizada, esto es lo real transformado y objetivado mediante la tekné .

La obra de arte obedece a la subjetividad finita, que parte de la necesidad de expresión, la cual, debe desarrollarse como una ‘verdad autónoma’ (contenido) y una ‘racionalidad constructiva’ (forma) a través de la ‘técnica’. Esta obra contiene inmanencia social en medio de una sociedad capitalista, que se manifiesta a su vez, como ‘expresión del devenir histórico’. Así pues, el arte tiene un doble carácter: autónomo y como hecho social, es decir, que se mueve por la autonomía pero que a su vez retrata la sociedad de la que es producto que sin embargo, se mantiene en el enigma.

El arte es el medio, por el cual, se puede llegar a la perfección frente a la realidad imperfecta; por lo tanto: la Industria Cultural y el Capitalismo, no puede ser pensados de manera dogmática. Para Adorno, el momento histórico, es constitutivo de las obras de arte.

Son auténticas, aquellas obras que sin reticencias y, sin creerse que están por lo alto, cargan con el contenido histórico de su tiempo. Son la historia de su época, pero inconsciente de sí misma; esto las convierte en mediaciones del conocimiento. (…) las obras de arte pueden experimentarse con tanta más verdad cuanto más coincide su sustancia histórica con la del que la experimenta.

Adorno en su oficina

Por lo tanto, lo que el arte es independiente, incluso, de las obras. Formas funcionales, objetos de culto, pueden llegar a ser arte en el transcurso de la historia. Por lo tanto el arte y la historia son parte constitutiva de la comprensión, y por ende, de la producción y la recepción.

«La definición de aquello en que el arte pueda consistir siempre está predeterminada por aquello que alguna vez fue, pero sólo adquiere legitimidad por aquello que ha llegado a ser y más aún por aquello que quiere ser y quizás pueda ser.»

Bibliografía

http://www.unrc.edu.ar/publicar/borradores/Vol7/pdf/Actualidad%20de%20la%20Estetica.pdf

http://www.archivochile.com/Ideas_Autores/adornot/esc_frank_adorno0009.pdf

Horkheimer : La Odisea y el Prototipo Capitalista

La superioridad del ser humano reside en el saber.

Horkheimer
Adorno y Horkheimer

En el segundo capítulo del libro “Dialéctica del Iluminismo“, Horkheimer realiza una crítica a una de las obras de Homero, exponiendo que, en La Odisea se encuentra referido, el prototipo del el pensamiento en la etapa denominada ilustración, y que, lo contenido en tal obra, refleja a la sociedad en la que está inmerso Horkheimer, es decir, una sociedad capitalista, en donde lo que importa es la producción, la técnica, y por supuesto, la puesta de la razón como el más alto grado de lo humano

El Iluminismo, que “ha perseguido siempre el objetivo de quitar el miedo a los hombres y de convertirlos en amos”,[1] afirmaba que la superioridad del ser humano reside en el saber. Sin embargo, el ideal del iluminismo propuesto en su origen, no logra los objetivos planteados. Indudablemente, recae en lo mítico e instrumentaliza a los individuos: los esclaviza, los convierte en objetos en vez de convertirlos en amos de la naturaleza, en seres de saber, y por consiguiente en seres de poder.

El conocimiento es quien triunfa sobre los demás, y quienes posean tal conocimiento pueden tener a los demás a su servicio.

Para Horkheimer el mito es ya iluminismo, y, lo realiza a través de un análisis de La Odisea, donde el personaje principal, Odiseo, es interpretado como un prototipo del iluminismo, siendo él, el que haciendo uso de la razón, logra llegar a dominar a los demás. De este modo, los otros son para Odiseo: objetos manipulables que sirven para alcanzar un fin. La obra de Homero manifiesta las características originales de la civilización europea, es decir, de una civilización burguesa, una civilización envuelta en el capitalismo.

El iluminismo “ha sido siempre un instrumento de los grandes artistas del gobierno para dominar a los demás”.[2] En La Odisea, el personaje clave es sumamente astuto, puesto que logra dominar a la naturaleza por medio del sólo uso de la razón, y únicamente de esta manera Odiseo logra llevar a fin su empresa, “el empequeñecimiento de los hombres, que se dejan gobernar cada vez más fácilmente, es perseguido como un progreso”.[3]

En toda la travesía que realiza Odiseo para llegar a su patria, engaña astutamente a las divinidades naturales, como en un momento el viajero civilizado y con uso de la razón, engañaba a los salvajes, a los cuales ofrecía piedras de vidrio coloreadas a cambio de marfil. El conocimiento es quien triunfa sobre los demás, y quienes posean tal conocimiento pueden tener a los demás a su servicio. Incluso en La odisea, Odiseo llega a engañar a los dioses, ofreciendo a éstos múltiples sacrificios de bueyes, para que éstos renunciaran a desahogar su ira contra él. El engaño aquí, se encuentra en que los sacrificios que se realizaban tenían como finalidad un plan: subordinaban a los dioses al servicio del hombre para llegar a sus fines propuestos, de modo que los hombres disolvían con ello sus poderes.

Odiseo y las Ninfas

El humano astuto, con inteligencia y capaz de dominar a los demás, debe de ser paciente, saber siempre esperar y en ciertas ocasiones también, saber renunciar, el astuto es semejante a Odiseo, el que “cede dócilmente ante la naturaleza, da a ésta lo que le pertenece y al proceder así la engaña”.[4] Quien es astuto sabe humillarse, no se reconoce en un primer momento superior a todas las criaturas o personas; al igual que Odiseo, no se confía a su saber superior, entregándose libremente al encantamiento de las sirenas, teniendo la ilusión de que su libertad le basta como escudo para no caer en sus encantos mortíferos. Al contrario: se hace pequeño, se humilla en ese momento y se manda atar al mástil, reconociendo el gran poder del canto de las sirenas, y de esa manera vence, y se sobrepone sobre ellas, las sirenas tienen lo que desean, que los viajeros escuchen su hermoso canto. Pero las sirenas son vencidas, destruidas. Odiseo se sobrepone al mito, y así se sabe que “los mitos viven solamente de la irrealizabilidad de sus preceptos, si éstos se cumplen, entonces los mitos se desvanecen hasta la más lejana posteridad”.[5]

El hombre listo como Odiseo, es aquel capaz de negar su propia identificación que le constituye como sujeto. Abandonar su sí mismo en busca de una superación: “sólo el pensamiento que se hace violencia a sí mismo es lo suficientemente duro para traspasar los mitos”.[6]

Odiseo engaña a Polifemo

Odiseo se niega a sí mismo en su relación con el cíclope[7] Polifemo. Al momento en que éste pregunta ¿Quién es? Odiseo responde: “Nadie“. Polifermo el cíclope, falto de inteligencia, es incapaz de advertir la ambivalencia sofísticada en el nombre falso de Odiseo. De modo que cuando Odiseo lo emborracha y lo deja ciego, puede escapar. Logra engañar a la persona falta de razón, pues éste, al pedir ayuda a los otros cíclopes culpa a “Nadie”, ocultando así a Odiseo, que logra escapar. El discurso, la razón, siempre prevalece ante la fuerza física.

Odiseo en la obra de Homero, es definitivamente el que triunfa, los demás humanos, se le presentan, únicamente, en “forma alienada”, como enemigos o como apoyos, siempre como instrumentos, como cosas”.[8] El hombre con intelecto es quien logra vencer la superstición y por lo tanto es amo de la naturaleza, quien posee el saber y no conoce límites, quien triunfa, quien es capaz de sobreponerse ante un medio hostil.

La dialéctica del iluminismo, es ésta síntesis entre una tesis y una antítesis, donde ésta manifiesta que: la razón debe de ser homogénea para todos, que no debe de alienar al individuo, sino que realmente debe de romper las barreras de la ignorancia e iluminar las mentes de los hombres por medio de la razón, dejando atrás mitos, supersticiones, magia, etc.

Bibliografía.

Adorno, Theodor y Horkheimer, Max. Dialéctica del iluminismo, México, Editorial Sudamericana, 1969, cp. II “Odiseo o mito e iluminismo”.


[1] Horkheimer, Max, Dialéctica del iluminismo, México, Editorial Sudamericana, 1969, p. 15.

[2] Cfr. Ibidem, p. 61.

[3] Idem.

[4] Ibidem, p. 77.

[5] Ibidem, p. 79.

[6] Ibidem, p. 17.

[7] Los cíclopes no dialogan en juntas, ni saben de normas de justicia, son hombres sin ley. Éstos habitan en montañas y no piensan en los otros. Su relación entre ellos está basada en la opresión hacia el más débil, entre ellos no hay ninguna jerarquía, no hay vínculo alguno que los una. Homero los describe como monstruos infames, sin uso de razón y que se jactan de ser los más fuertes. Éstos representan a la sociedad más baja, quienes no tienen por fin la razón, quienes no son capaces de resolver problemas, estos son los salvajes o los hombres dominados por quienes tienen el saber.

[8] Ibidem, p. 81.