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El Cinismo Positivo: Albert Camus y el Extranjero

No parece un pesimista, de hecho, un pesimista rechaza, protesta contra todo, odia.

Camus.
El Extranjero

Albert Camus, en El extranjero, muestra la vida de un individuo que ha perdido el sentido de las cosas. Su personaje principal, refleja una realidad ideológica, que es fruto del momento histórico en el que esta novela fue escrita. Nos ubicamos en la posguerra que deja en muchos la desesperanza en el hombre. La guerra, ha mostrado la vileza a la que se puede llegar, y relativiza, los valores que se tenían como seguros en épocas pasadas.

Nuestro protagonista no es un hombre viejo, pero tampoco, es un adolescente, esto lo digo tratando de describirlo en su dimensión biológica; lo cierto es, que internamente es un viejo inválido. El relato inicia cuando la madre de este personaje muere, y él pide permiso en su trabajo para faltar. La descripción de sus conductas ante situaciones fuertes – que sacudirían a muchos – es de una total indiferencia. Desde el relato que hace, en primera persona, de la muerte de su madre, muestra actitudes de un hombre aletargado por las circunstancias sensibles que le rodean. Todo le aturde, el simple calor, es una razón para no reaccionar como un hombre normal. El funeral se presenta en él, de muchas formas, pero encierra sobre todo, una actitud de pasividad, ante cualquier situación que, suele provocar reacciones y estremecimiento por sobrepasar los límites.

Son muchas las muestras de esta conducta a lo largo de esta historia; al siguiente día de enterrar a su madre, se pasea y se divierte con una mujer; al regreso, en su trabajo, el patrón le ofrece la oportunidad para viajar y vivir en París, debido a que ha pensado en él, para un nuevo proyecto. Entusiasmado, le preguntó el jefe si no le ilusionaba esta oferta, a lo que respondió: “Nunca se cambia de vida, que en todo caso todas valían igual y que la mía aquí no me disgustaba en absoluto”[1].

Uno siempre se termina por acostumbrar a todo.

Poco tiempo después, inicia una relación cercana con la mujer que encontró el domingo, luego del funeral de su madre. En realidad, sólo ella le daba importancia a la relación y tenía el deseo de casarse, pero él, realmente no sentía ningún vínculo fuerte con ella: “María vino a buscarme por la tarde y me preguntó si quería casarme con ella. Dije que me era indiferente y que podríamos hacerlo si lo quería”[2].

Lo más interesante de su carácter es que, aún en el caso en el que reconoce frente a ella no amarla, es que no exista problema con casarse: “da igual”. Esta, es la constante en el personaje principal de El extranjero. No parece un pesimista, de hecho, un pesimista rechaza, protesta contra todo, odia. No es el caso del Señor Mersalut. Al protagonista todo “le da igual”, no se fatiga, ninguna decisión para él, tendrá mucho sentido.

Camus y María Casares

El día que le cambiaría el rumbo a esta historia; se relata: parecía un día lleno de sol, playa, amigos, novia. Sin embargo, una riña, que más bien involucraba a uno de sus amigos, terminó por llevarlo a disparar un revólver contra uno de los atacantes.

Cuatro disparos lo llevaron a la cárcel y a un juicio que sería desgastante, porque en realidad, aún deseando estar fuera, no sufría demasiado adentro. Argumentaba que: uno siempre se termina por acostumbrar a todo. El problema en su juicio legal es que, él no sentía la energía para defenderse, y decir la verdad. Lo que se decía contra él en el fondo lo aprobaba. Se lo mostraba como el acusado de un asesinato ejecutado por un hombre repugnante, que no mostraba el menor arrepentimiento por los hechos.

Lo que interesa es la posibilidad de evasión, un salto fuera del rito implacable, una loca carrera que ofrece todas las posibilidades de esperanza.

Cuando es interrogado por su insensible actitud ante la muerte de su madre, a la que, por cierto, había mandado a un asilo en sus últimos días. Simplemente respondió: “había perdido un poco la costumbre de interrogarme y que me era difícil informarle. Sin duda quería mucho a mamá pero eso no quería decir nada”[3]. Las autoridades que lo acusan, le preguntan sobre su fe, afirmando tranquilamente que es ateo. Que es algo, con lo que no cuenta para vivir la vida. Esto irrita mucho al personaje con el crucifijo en la mano, al no provocarse ningún signo de arrepentimiento. Sobre esto el Sr, Mersalut nos cuenta: “Me dijo que era imposible: que todos los hombres creían en Dios, aún aquellos que le volvían la espalda”[4].

Ya en el juicio, provoca la irritación de muchos, por el cinismo que muestra, pero al percatarse de su malestar, toma conciencia de lo grave que es su conducta para uno de los acusantes, por lo que piensa para sí mismo: “Hubiese querido tratar de explicarle cordialmente, casi con cariño, que nunca había podido sentir verdadero pesar por cosa alguna. Estaba absorbido siempre, por hoy o por mañana”[5].

La omisión de lo prohibido.

Al final, este indiferente hombre es condenado a muerte y en un primer momento reacciona con inquietud por el destino próximo de la guillotina. En el pasar de los días, sus fantasías y su imaginación se concentran en el momento de su muerte, incluso siente impaciencia de todo el engranaje que lo condena, y alguna forma posible que le diera una luz para escapar del momento decisivo. “Pero esto no habla a la imaginación. Lo que interesa es la posibilidad de evasión, un salto fuera del rito implacable, una loca carrera que ofrece todas las posibilidades de esperanza”[6]; pero en el fondo, no puede dar cabida a ninguna ilusión por la vida. En todo ese lapso de tiempo se pasa rechazando al capellán de la cárcel quien tras esta evasiva, decide pasar a su celda sin permiso previo. El encuentro, después de unos momentos, se vuelve muy molesto para el condenado a muerte, quien no entiende la visión del sacerdote que: insiste en el arrepentimiento, en Dios, en la vida después de la muerte.

Al señor Mersalut, le queda muy claro que la vida no tiene elementos que valgan la pena, y que sean, referencia para dar sentido a lo que se vive. De esta forma, la muerte llegada en la juventud, o hasta la vejez, es lo mismo, algún día ha de llegar a todo ser humano el momento del fin de la existencia: “Desde que uno debe morir es evidente que no importa cómo ni cuándo”[7].

Bibliografía: 

Camus, Albert, El extranjero, Alianza Editorial, México, 1988, 143 pp


[1] Camus, Albert, El extranjero, Alianza Editorial, México, 1988, p 51

[2] Ibídem. p 52

[3] Ibídem. p 75

[4] Ibídem. p 80

[5] Ibídem. p 117

[6] Ibídem. p 127

[7] Ibídem. p 133

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Jean Paul Sartre: El Existencialismo es Humanismo

No hay otro universo que este universo humano, el universo de la subjetividad humana

Sartre.
Sartre y Foucault

El existencialismo es un humanismo” es una conferencia, que el filósofo francés Jean-Paul Sartre ofreció en París, el lunes 29 de octubre de 1945 a petición del club Maintenant, un grupo creado por Jacques Calmy y Marc Beigbeder, con el propósito de impulsar la literatura y el ejercicio intelectual.

En la conferencia que Sartre ofreció, comienza él refutando las críticas que han hecho al existencialismo. Reproches que describen al existencialismo como una filosofía burguesa, argumentando que, la contemplación es un lujo, y la filosofía es contemplación, ésta es una crítica, que realizan los comunistas, a esta corriente filosófica. Por otra parte, los católicos, le refutan al existencialismo, aludiendo que niega la realidad y que le abren las puertas al subjetivismo, suprimiendo los mandamientos de Dios.

A consecuencia de esto, dice Sartre, existen dos tipos de existencialistas; los primeros, son los existencialistas cristianos, entre los que se encuentra Jaspers y Gabriel Marcel. El segundo grupo, lo conforman los existencialistas ateos, entre los que destacan Heidegger, los existencialistas franceses y el mismo Sartre se auto-enlista en este grupo.

Estos dos grupos tienen un aspecto en común, argumentan que la existencia precede a la esencia. Sartre, se refiere a que es imposible la manufactura de cualquier objeto, sin un previo concepto de lo que se quiere crear y la utilidad de éste: “Consideremos un objeto fabricado, por ejemplo un libro o un abrecartas. Este objeto ha sido fabricado por un artesano que se ha inspirado en un concepto; se ha referido al concepto de abrecartas e igualmente a una técnica de producción previa que forman parte del concepto, y que en el fondo es una fórmula. Así, el abrecartas es a la vez un objeto que se produce de cierta manera y que, por otra parte, tiene una utilidad definida, y es impensable que un hombre produzca un abrecartas sin saber para qué va a servir ese objeto”[1]. Se puede decir, entonces, que en este caso el conjunto de fórmulas y cualidades, es decir la esencia, le precede a la existencia.

El humano, es el único que, no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como él se concibe después de la existencia,

El decir del existencialismo ateo, en palabras de Sartre, es más coherente, pues postula la inexistencia de Dios. Este postulado trae como consecuencia una referencia excepcional, en donde la existencia precede a la esencia; en donde un ser existe antes de poder ser definido, y ese ser es: el ser humano. Esto quiere decir que, lo primero que hace el humano es existir, posteriormente, se encuentra y se define. Según Sartre, el hombre tal y como lo concibe el existencialista, sino es definible, es por que empieza por no ser nada. Si no existe Dios, no hay naturaleza humana, porque no hay quien la conciba, es decir, el hombre se concibe a sí mismo.

El humano, es el único que, no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como él se concibe después de la existencia, como él se quiere, después de este impulso, hacia la existencia. El humano no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo. Es también, lo que se llama subjetividad, lo que nos echa en cara el ser humano[2].

Si Dios no existe y el hombre precede a la esencia, el hombre debe hacerse cargo totalmente de su propia existencia. Pero, al defender Sartre, que el hombre es responsable de sí mismo, no lo hace argumentando una individualidad, sino que, el hombre es responsable por todos los hombres, por la humanidad. El hombre debe elegir sobrepasar la subjetividad[3] humana, eligiéndose a sí mismo y a la vez a todos los hombres.

Eligiéndose el hombre; éste, es responsable por él y por todos, y, crea una cierta imagen del hombre que él elije. La consecuencia de ser responsable por todos los hombres es la angustia: “El existencialista suele declarar que el hombre es angustia. Esto significa que el hombre se compromete y que se da cuenta de que es no sólo el que elige ser, sino también un legislador, que al mismo tiempo que asimismo elige a toda la humanidad, y, no podría escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad”[4]

Sartre dice que el hombre es libre, el hombre es libertad. Pero si por otra parte Dios no existe, tampoco existen valores u mandatos que regulen nuestra conducta, es decir, no tenemos ni justificaciones ni excusas, estamos solos; a esto, se refiere Sartre, al decir que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace: El existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una bella pasión, es un torrente devastador, que conduce fatalmente al hombre, a ciertos actos, y que por tanto, es una excusa; piensa que, el humano es responsable de su pasión[5].

La consecuencia de ser responsable por todos los hombres es la angustia.

Hablando de moral, el filósofo francés se refiere a ésta como una creación, equiparándola, con una obra de arte, porque en ambos casos existe creación e invención. Sartre dice, que no podemos decir a priori lo que tenemos que hacer; el hombre se ve obligado a inventar él mismo su ley, el hombre se hace al elegir su moral.

Por último, dice Sartre, que se le han hecho severas críticas por desacreditar el humanismo; y le preguntan si el existencialismo podría ser humanismo. Sartre responde, que en efecto, esta corriente, podría llegar a ser un humanismo en el sentido de que “el hombre está constantemente fuera de sí mismo; es proyectándose y perdiéndose fuera de sí mismo como hace existir al hombre. No hay otro universo que este universo humano, el universo de la subjetividad humana”[6]. Éste es el carácter humanista del existencialismo estar en el centro de su universo.

Antes de que el hombre exista, la vida no es nada; les corresponde a los hombres darle sentido, y el valor de la vida, no es otra cosa que el sentido que nosotros elegimos. Por esta razón, dice Sartre, existe la posibilidad de una comunidad humana, hecha por hombres.

BIBLIOGRAFíA
Sartre, Jean-Paul. El existencialismo es un humanismo, Ed. Edhasa, España, 2009.


[1] Sartre, 2009, El existencialismo es un humanismo, España, Ed. Edhasa. P.28

[2] Ibíd. P.31

[3] Sartre habla de dos sentidos de la palabra subjetivismo. El primer sentido se refiere a la elección del sujeto individual por sí mismo. El segundo, es cuando decimos que el hombre se elige, entendemos que cada uno de nosotros se elige, pero esto quiere decir que cuando el hombre se elige, elige a todos los hombres; y este es el sentido del existencialismo. 

[4] Ibíd. P. 36

[5] Cf. Ibíd. P.43

[6] Ibíd. P.85