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El dilema del Tiempo en la Ciencia y en la Autoconciencia Experimental por Henri Bergson

¿Es posible que la conciencia use la noción de tiempo tal como lo interpreta la ciencia mecanicista y finalista?

Bergson
Henry Bergson

Henri Bergson nació en París en el seno de una familia judía, se formó en la École Normale Superieur, donde estudió filosofía, matemáticas, física y biología. En 1889 obtuvo su doctorado con la tesis Ensayo sobre los datos inmediatos de la consciencia. Tras haber enseñado en diversos colegios, inició una carrera universitaria que culminó con la cátedra en el Colegio de Francia, donde se retiró por motivos de salud.

Muchos son los temas abordados por Bergson en su obra “La Evolución Creadora”, podríamos hablar desde la exposición de una teoría del conocimiento hasta algunos fundamentos antropológicos. Entre esta gama de perspectivas, es importante destacar aquella que aborda el problema de la conciencia del tiempo, el cual podríamos plantear con la interrogante: ¿Es posible que la conciencia use la noción de tiempo tal como lo interpreta la ciencia mecanicista y finalista?

La pertinencia de este tema se observa en la influencia antropológica que podría llevar a cabo esto, ya que en primer lugar “la existencia de que estamos más seguros y que mejor conocemos es indiscutiblemente la nuestra (…) nos percibimos a nosotros mismos interiormente, profundamente.”[1] De hecho, como dice Bergson, de lo primero que me doy cuenta es de que paso de un estado a otro: del calor al frío, de la tristeza a la alegría, etc. Así pues, en un primer momento, el cambio parece residir en el paso de un estado al siguiente. Pero al pasar, ya no está más que en la memoria, y la memoria justamente es aquella que “está ahí, introduciendo algo de este pasado en este presente.”[2] Los estados de la conciencia no permanecen sino que cambian, así pues cambiamos sin cesar, y cualquier estado es ya por sí mismo un cambio. Por lo tanto no habría diferencia esencial entre pasar de un estado a otro y persistir en el mismo estado.

Einstein y Bergson

En palabras de Bergson:

“Si el estado que ‘permanece lo mismo’ es más variado de lo que se cree, inversamente el paso de un estado a otro semeja más de lo que se imagina a un mismo estado que se prolonga; la transición es continua. Pero, precisamente porque cerramos los ojos a la incesante variación de cada estado psicológico, estamos obligados – cuando la variación llega a ser tan considerable que se impone a nuestra atención – a hablar como si un nuevo estado se hubiese yuxtapuesto al precedente. De éste suponemos que permanece invariable a su vez, y así consecutiva e indefinidamente.”[3]

El problema que nos hacen visualizar los estados como distintos de un todo es que nuestra atención se fija en ellos como una serie de actos discontinuos, es decir, “donde no hay más que una pendiente dulce, creemos percibir, siguiendo la línea rota de nuestros actos de atención, los peldaños de una escalera (…) Pero la discontinuidad de sus apariciones se destaca sobre la continuidad de un fondo en el cual se dibujan y al que dan la sinfonía los golpes de tambor que suenan de cuando en cuando.”[4] Ahora bien, de los estados así definidos puede decirse que no son elementos distintos, sino que se continúan unos a otros en un transcurso sin fin:

“Pero como nuestra atención los ha distinguido y separado artificialmente, está obligada a reunirlos en seguida por un lazo artificial. Imagina así un yo amorfo, indiferente, inmutable, sobre el que desfilarían en los estados psicológicos que ella ha erigido en entidades independientes.”[5]

La tesis de Bergson, al parecer señala que la experiencia concreta del presente es la misma dimensión mental del tiempo. Es decir que para el individuo el tiempo consiste en la duración del presente, lo que en realidad sería incompatible con la aproximación científica. Porque en realidad la duración se confunde con el pasado inmediato, es decir con las sensaciones apenas percibidas, los recuerdos recientes, etc.; y con el futuro inmediato, a saber de la acción y los proyectos provenientes.

“Si nuestra existencia se compusiese de estados separados de los que un “yo” impasible tuviese que realizar la síntesis, no habría para nosotros duración. Porque un yo que no cambia no dura, y un estado psicológico que permanece idéntico a sí mismo, en tanto no es remplazado por el estado siguiente, no dura ya. Por más que, desde entonces, se alineen estos estados unos al lado de otros sobre el “yo” que los sostiene, jamás estos sólidos enfilados sobre lo sólido producirán esa duración que transcurre. La verdad es que se obtiene así una imitación artificial de la vida interior, un equivalente estático que se prestará mejor a las exigencias de la lógica y del lenguaje, precisamente porque se habrá eliminado de él el tiempo real.”[6]

Así la ciencia considera el aspecto cuantitativo suponiendo un tiempo escondido por un orden geométrico y espacial, el cual está formado por movimientos distintos pero todos iguales entre sí. En cambio, el individuo vive el tiempo según un criterio cualitativo: algunos momentos son veloces, mientras que otros pueden durar una eternidad, todo depende del acomodo de los momentos en la conciencia. Por lo tanto “la memoria, como hemos tratado de probar, no es una facultad de clasificar recuerdos en el cajón de un armario o de inscribirlos en un registro.”[7]

En otras palabras el tiempo que considera la ciencia es un tiempo de la mecánica, un tiempo espacializado. De ahí que medir el tiempo signifique controlar el movimiento de un cierto objeto en un espacio determinado. Por eso el tiempo de la ciencia nos permite repetir a voluntad un experimento. Y es que la ciencia no considera la totalidad sino que se enfoca en el análisis de los particulares de ahí que sólo se vea interesada en el presente: medible y cuantificable, y que cada instante puede variar sólo en su cantidad.

La Ciencia concibe el tiempo como presente controlado en sus espacio/tiempo de experimentación.

Pero la conciencia no porta consigo la espacialidad sino la duración, dicho de otra forma: la conciencia toma el tiempo como duración[8]. Para la ciencia el pasado ya no existe y el futuro aún no es. Por eso pasado y futuro pueden vivir solamente en una conciencia que los une en el presente. Por eso los instantes de la conciencia bien pueden valer una eternidad, o bien pueden ser decisivos para una vida, por eso llegará a decir Bergson los momentos de nuestra vida son una especie de creación.

“En realidad, el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.”[9]

En conclusión, la idea del cambio y la duración se entiende como una evolución creadora, la cual nos permite ir más allá de las dificultades y de las falsedades, ya que la vida es una realidad que se separa netamente de la materia bruta. La vida es evolución creadora, creación libre e imprevisible, es separación vital porque se mantiene siempre en referencia a la conciencia de los estados como cambio constante, unidos por un yo que en cada acción cambia, se transforma y se recrea. Es por esto que para Bergson no hay cosas sino solamente acciones. Esto quiere decir que las cosas u objetos son aislados al interno de una única evolución y son aislables en cuanto es posible representarlos como gestos creadores que se deshacen para dejar paso al siguiente estado. La evolución creadora, por lo tanto, no es un proceso uniforme, porque depende de cada sujeto y el uso que dé a las condiciones de sus acciones.

El Tiempo: Cambio y Duración

BIBLIOGRAFÍA

Bergson, H., La evolución creadora, en Obras escogidas, Trad. y Prol. José A. Miguez, Aguilar, España.


[1] Bergson, H., La evolución creadora, en Obras escogidas, Trad. y Prol. Miguez, José A., AGUILAR, p.439.

[2]Íbid. p.440

[3]Ídem.

[4]Ídem.

[5]Íbid. p. 441.

[6]Ídem

[7]Íbid. p. 442.

[8] La duración hace referencia a la conciencia del yo presente con la memoria del pasado y la anticipación del futuro.

[9] Bergson, H., La evolución creadora, en Obras escogidas, Trad. y Prol. Miguez, José A., AGUILAR, p.443.

Ciencia – Teoría del Caos – Filosofía

En consecuencia, impredictibilidad no implica indeterminismo.

Teoria del Caos

La Teoría del  Caos es uno de los temas relevantes de la ciencia actual. Su precursor fue Henri Poincare, a fines del siglo XIX. Demostró que ciertos sistemas mecánicos clásicos podían evolucionar de un modo irregular y aperiódico. Al no poder desarrollar cuantitativamente su trabajo, fue hasta 1963 cuando el meteorólogo E. N. Lorenz calculó9 la evolución generada por un sencillo sistema de tres ecuaciones diferenciales, mostrando su carácter irregular y aperiódico que luego pasó a denominarse “caótico”.

Si bien, la señal generada por un sistema caótico parece totalmente errática, carente de toda estabilidad, responde a una regularidad subyacente que pude describirse mediante un sistema de ecuaciones diferenciales: “el epifenómeno de la irregularidad del comportamiento caótico es exclusivamente resultado de la propia dinámica interna del sistema[1]. Las  notas particulares del caos son la no-linealidad de las ecuaciones diferenciales y la sensibilidad a las condiciones iniciales, lo que significa que manifiesta grandes variaciones frente a pequeñas modificaciones de las condiciones iniciales.

La formulación del sistema de ecuaciones responde al interés de describir el comportamiento de algún sistema real particular. Se han ido encontrando diversos sistemas reales – biológicos, físicos, químicos, económicos, etc. – que, convenientemente modelados, responden adecuadamente al tipo de ecuaciones que caracterizan las dinámicas caóticas. La Teoría del Caos se ha convertido en un instrumento de gran utilidad para científicos de las más variadas disciplinas, proporcionándoles, incluso, una unidad no reductiva.

La Teoría del Caos no es una teoría fáctica en sentido estricto. El comportamiento caótico puede producirse en cualquier tipo de sistema real, sea físico, bilógico, económico, etc. Incluso dentro del ámbito de la física, el caos puede manifestarse en sistemas descritos por la Mecánica Clásica, la Mecánica Cuántica o cualquier otra teoría referida a la dinámica de entidades físicas: “La Teoría del Caos es una teoría matemática acerca de las propiedades de las soluciones de cierto tipo de ecuaciones diferenciales no lineales […] La posibilidad de múltiples interpretaciones en una teoría matemática es consecuencia directa de su carácter formal, y de ello dependen sus fructíferas aplicaciones en las ciencias fácticas más diversas”[2].

La Teoría del Caos es un acontecimiento singular en la historia de la ciencia. Sin embargo, pierde su carácter revolucionario y se reduce a un nuevo caso histórico en el cual una teoría matemática es adoptada como instrumento formal por los más diversos ámbitos científicos para la formulación de sus propios problemas.

Contingencia

Por otra parte, al hablar de caos y determinismo, entendemos el carácter determinista de un sistema como propiedad ontológica, en tanto refiere a la secuencia objetiva unívoca de sus estados físicamente posibles. Diferente es el concepto de predictibilidad, que corresponde al plano gnoseológico, pues alude al máximo conocimiento que puede obtenerse de los estados futuros de un sistema. Por tanto, y contrario a otras consideraciones, la Teoría del Caos no implica en modo alguno indeterminismo en un sentido ontológico; más bien, brida un excelente argumento para el determinista quien, con su ayuda, puede mostrar que muchos procesos aparentemente aleatorios y carentes de toda regularidad, en realidad responden a leyes deterministas subyacentes que restauran la dependencia temporal unívoca entre los estados del sistema, si bien no permiten la predicción unívoca para todo instante futuro. En consecuencia, impredictibilidad no implica indeterminismo.

En relación con la filosofía, las consecuencias de la Teoría del Caos sobre ella señaladas por algunos autores se relacionan con la existencia de sistemas caóticos que manifiestan la inconexión causal entre el pasado y el futuro. Jean Baudrillard sostiene que “tal vez haya que considerar la historia en sí como una formación caótica en la que la aceleración acaba con la linealidad, y en la que las turbulencias creadas por la aceleración alejan definitivamente la historia de su fin como alejan los efectos de sus causas[3].

Con respecto a caos y método científico, “si se adopta la noción predictibilidad en un sentido amplio, debe admitirse que incluso en un sistema indeterminista pueden efectuarse predicciones, siempre que se cuente con las leyes estadísticas que rigen su comportamiento”[4]. Sin embargo, no puede conocerse en qué estado particular se encontrará el sistema en un instante futuro sobre la base del conocimiento de su estado actual. Si bien el caos es impredecible, es determinista.

En lugar de evitar caos, algunos ingenieros han explotado sus peculiaridades características para incrementar la potencia de láseres, para sincronizar la salida de circuitos electrónicos, para controlar las oscilaciones de ciertas reacciones químicas e, incluso, para estabilizar el latido errático del corazón de animales enfermos: “La no-lineabilidad dejó de ser un ámbito matemáticamente intratable para convertirse en un nuevo campo abierto a la investigación. De tal investigación surgieron los resultados que hoy se engloban bajo el nombre de Teoría del Caos”[5].

Las ciencias matemáticas de la naturaleza, en el momento en que descubren los problemas de complejidad y evolución, se convierten igualmente en capaces de medir mejor la naturaleza de los problemas propios de la ciencia cuyo interés es el humano y sus sociedades. Así, “la Teoría del Caos puede brindar a los sociólogos, al igual que a los físicos, un instrumento formal del que antes carecían y que les permita superar la necesidad de hipersimplicación”[6].

Por último, y en síntesis, “las investigaciones en Teoría del Caos contra el determinismo, ni contra la universalidad de la leyes naturales, ni contra la metodología de la ciencia moderna. Por el contrario, esta nueva teoría se inscribe en la línea de desarrollo de la ciencia tradicional, sin introducir profundo cuestionamientos ni en el plano metafísico ni en el metodológico”[7].

La Mente Humana

Bibliografía

  • Olimpia Lombardi y Narciso Benbenaste, “Teoría del caos: caos en ciencia y filosofía” en: Revista de Filosofía, Universidad Iberoamericana, año XXXIII, No. 99, septiembre-diciembre 2000, p. 362.

[1] Olimpia Lombardi y Narciso Benbenaste, “Teoría del caos: caos en ciencia y filosofía” en: Revista de Filosofía, Universidad Iberoamericana, año XXXIII, No. 99, septiembre-diciembre 2000, p. 362.

[2]Ibídem, p. 366.

[3]Ibídem, p. 372.

[4]Ibídem, p. 374.

[5]Ibídem, p. 376.

[6]Ibídem, p. 379.

[7]Ibídem, p. 384.


Einstein y sus Posturas Filosóficas


“Si yo no tuviera razón, bastaría con uno solo”[1]

Albert Einstein
BANGKOK, THAILAND – JANUARY 08, 2019: Albert Einstein wax figure at Madame Tussauds wax museum

Además de sus aportes a la física teórica, Einstein es autor de diversas obras.[2] Una obra que es justa considerar para conocer el pensamiento de este científico es el libro “Mis creencias”. Este texto, recoge múltiples artículos, notas, conferencias, discursos y reflexiones filosóficas de Albert Einstein, algunos de estos escritos, a veces rozan con problemas científicos, aunque, en su gran mayoría, se refieren a tópicos propios de su época.[3]

Todos estos textos se hallan unidos, generalmente, por un hilo conductor: el destino del hombre, preservado para fines más nobles que la aniquilación mutua, y su preocupación por la vida comunitaria. Lo que el autor evidencia es una crítica dura a la cultura que, ha asumido el saber científico como un precepto hacia la muerte, cuando en realidad se lo había concebido siempre como sostén e impulso de vida.

Al inicio menciona que vivimos en una época rica en inteligencias creadoras, cuyas expresiones han de mejorar considerablemente nuestras vidas – haciendo alusión a los avances de la ciencia y de cómo estos están orientados a facilitar la vida del hombre.

“Aprendimos a volar y somos capaces de enviar mensajes y noticias sin dificultad alguna a los más remotos lugares del mundo, por medio de ondas eléctricas”.[4]

Físico y Filosofo

No obstante, critica con este texto de 1939 que: pese al aumento en la producción y distribución de bienes, no existe organización. Dando como resultado, la angustia social, ante la posibilidad de ser aislada del ciclo económico, y sufrir así la falta de lo necesario. Además, los habitantes de las distintas naciones, se matan entre sí a intervalos regulares, por lo que, también, debido a esta causa debe sentir miedo y terror todo el que piense en el futuro. Esta anomalía, afirma el físico, se debe al hecho de que la inteligencia, y el carácter de las masas, son muy inferiores a la inteligencia y al carácter de los pocos que producen algo valioso para la comunidad.

Posteriormente, con un texto fechado en 1944, escribe acerca de la teoría del conocimiento de Bertrand Russell. Al respecto comenta: “Debo innumerables horas de satisfacción a la lectura de las obras de Russell, tributo que no puedo rendir a ningún otro escritor científico contemporáneo, con la excepción de Thorstein Veblen”.[5]

Pese a ser un científico, considera que las actuales dificultades de su ciencia, obligan al físico a afrontar problemas filosóficos en grado muy superior a lo que sucedía en otras generaciones. En el pensamiento filosófico, a través de los siglos, ha desempeñado un papel decisivo, la crítica o teoría del conocimiento. Muchas soluciones se han dado a las cuestiones epistemológicas, sin embargo Russell considera, en su obra Meaning and Truth, dos principales posturas: por un lado aquella donde la filosofía creía que era posible descubrir todo lo cognoscible mediante la simple reflexión, es decir, un idealismo como el de Platón, por otro lado se presenta el llamado realismo ingenuo, según la cual las cosas son lo que percibimos a través de nuestros sentidos. Para Bertrand Russell, la ciencia pretende eliminar todo idealismo y llega a presentarse en un conflicto paradójico: Cuando más objetiva pretende ser la ciencia, más hundida se ve en la subjetividad, en contra de sus deseos.

El realismo ingenuo lleva a la física, y la física, si es auténtica, muestra que el realismo ingenuo es falso. Russell presenta el pensamiento de Hume, quien afirmaba que, todos los conceptos que no pueden deducirse de la materia sensorial, deben eliminarse del pensamiento por su carácter “metafísico”, pues, un pensamiento sólo adquiere contenido material a través de su relación con ese material sensorial.

Metafísica

Por causa de dicha crítica, surgió un fatídico “miedo a la metafísica”. Este miedo es la contrapartida del antiguo filosofar en las nubes, que creía poder menospreciar lo que aportaban los sentidos y prescindir de ellos. Einstein concluye que, aún en este caso, se advierte el peso negativo del espectro del miedo metafísico. “Este miedo parece, en efecto, la causa de que se conciba el objeto como una masa de cualidades; cualidades, que deben tomarse de la materia prima sensorial”.[6]

A continuación, respecto de la inteligencia matemática, Einstein arguye que en la mente del matemático las entidades físicas que, al parecer sirven como elementos del pensamiento, son determinados signos e imágenes, más o menos claros, que pueden reproducirse y combinarse voluntariamente.[7] Estos elementos se relacionan con conceptos lógicos, dando así la creatividad generadora de este tipo de pensamientos. Al término de este breve comentario, el físico da a entender que, el tener conciencia plena de algo “ es un caso límite que nunca puede alcanzarse del todo. Situación muy relacionada con el fenómeno llamado estrechez de la conciencia”.[8]

Enseguida considera el problema de ¿cómo ha de actuar el hombre, si su gobierno prescribe conductas rígidas? o la sociedad ¿espera un comportamiento que su propia conciencia considera erróneo? Al respecto, resulta fácil decir que no puede considerarse responsable al individuo por actos ejecutados mediante una presión insoportable, Porque, el individuo depende por completo de la sociedad en que vive, y ha de aceptar sus normas ciertamente. Sin embargo, Einstein afirma que “la presión externa logra, en alguna medida, reducir la responsabilidad del individuo, pero nunca eliminarla”.[9] Los científicos y los ingenieros, asumen una responsabilidad moral muy grande, porque la creación y perfeccionamiento de instrumentos militares de destrucción generalizada, cae dentro de su campo concreto de actividad.

Posteriormente, el texto presenta el breve discurso realizado por el científico cuando recibe el premio Lord Tylor en 1953, en donde, expresa sus agradecimientos y reitera el compromiso de la ciencia por un mundo más humano.[10]

Este libro Mis Creencias, resulta importante, puesto que, presenta a Albert Einstein, no sólo como un físico exitoso y científico eminente de su época, sino que, revela su lado de filósofo, de pensador de lo humano y lo social.

Los siguientes párrafos del texto, abordan temas muy variados e interesantes como: la libertad, ciencia y religión, los derechos humanos. Al respecto, propugna siempre a favor de la libertad con responsabilidad, opina acerca de la estrecha relación y complementariedad entre la ciencia y la fe. Aborda también los temas de la cultura ética, la relación entre educación y la paz mundial, la educación y el pensamiento independiente, etc.

Albert Einstein fue un rebelde convencido de su verdad, aunque esta verdad fuera un anhelo lejano. “Su luz espiritual no ha de apagarse porque su bandera no ha sido arriada ni lo será jamás, puesto que hoy es más claro que nunca que la reflexión y la filosofía, como quería Spinoza, son el impulso de la vida y la esperanza”.[11] Aunque es famoso por sus aportes a la física, no deben de ignorarse sus reflexiones y creencias, al respecto de temas filosóficos y prácticos que, incluso hoy en día, es importante considerar.

Bibliografía

Albert Einstein, Mis Creencias, Ed. Leviatán, Buenos Aires, Argentina, pp. 1 – 60


[1] Respuesta de Einstein cuando le cuestionaron acerca de la obra titulada “Cien autores en contra de Einstein”, producto de sus enemigos en la Alemania nazi.[2] Albert Einstein fue un físico y pensador alemán. Nació en el país germano en 1879, durante el primer centenario de la revolución francesa. Posteriormente se nacionalizará suizo y estadounidense. En 1905 publicó su teoría de la relatividad especial, en la que incorporó, en un marco teórico simple fundamentado en postulados físicos sencillos, conceptos y fenómenos estudiados antes por Henri Poincaré y por Hendrik Lorentz. Como una consecuencia lógica de esta teoría, dedujo la ecuación de la física más conocida a nivel popular, la equivalencia masa-energía, . Ese año publicó además otros trabajos que sentarían base para la física estadística y la mecánica cuántica.[3] En 1915 presentó la teoría de la relatividad general, en la que reformuló por completo el concepto de gravedad. Una de las consecuencias fue el surgimiento del estudio científico del origen y la evolución del universo por la rama de la física denominada cosmología. En 1919 fueron comprobadas sus teorías acerca de la curvatura de la luz y fue idolatrado por la prensa. Einstein se convirtió así en un icono popular de la ciencia mundialmente famoso. En 1921 obtuvo el Premio Nobel de Física por sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico y sus numerosas contribuciones a la física teórica y no por la Teoría de la Relatividad. En el año de 1932 abandonó Alemania con el ascenso del nazismo y se dirigió a Estados Unidos, donde impartió docencia en la universidad de Princeton.

[4] Albert Einstein, Mis Creencias, Ed. Leviatán, Buenos Aires, Argentina, p. 11.[5] Ibídem, p. 12.[6] Ibíd., p. 18.[7] Entrevista realizada a Albert Einstein en 1945.[8] Albert Einstein, Mis Creencias, Ed. Leviatán, Buenos Aires, Argentina, p. 20.[9] Ibíd., p. 21.[10]Lord & Taylor, con sede en la ciudad de Nueva York, es la tienda departamental de lujo más antigua de los Estados Unidos. En 1953, Lord & Taylor presentaron un premio para los pensadores independientes, en la que Alfred Einstein ganó por su “inconformidad” en los asuntos científicos.[11] Cfr. Albert Einstein, Mis Creencias, Ed. Leviatán, Buenos Aires, Argentina, p. 9.

LAS REVOLUCIONES CIENTÍFICAS EN THOMAS KUHN

“La ciencia se revoluciona constantemente, destruye los paradigmas desgastados y los sustituye con otros nuevos”

Thomas S. Kuhn

Thomas Kuhn, en su libro La estructura de las revoluciones científicas, no presenta simplemente un estudio sobre las principales revoluciones que han sucedido en el mundo científico a lo largo de la historia de la humanidad, sino que manifiesta un tratado en el cual nos explica los mecanismos científicos que motivan cada una de las teorías y disciplinas propiamente científicas, es decir, demuestra la extraordinaria complejidad que conlleva el progreso científico.

Si a la historia se le considera algo más que un simple acervo de anécdotas o como mera cronología, ésta “podría provocar una transformación decisiva en la imagen de la ciencia que ahora nos domina”.[1] Kuhn considera que el estudio histórico es sumamente importante, para poder entender: ¿Cómo se han desarrollado las teorías científicas? El objetivo de este escrito es bosquejar el concepto singular de la ciencia que, puede surgir de distintos registros históricos, en una suerte metodológica, donde se puede verificar el modo en que la técnica y el conocimiento científico se han relacionado.

Si el concepto de ciencia se llega a entender como “la constelación de hechos, teorías y métodos recogidos en los textos al uso, entonces los científicos son las personas que, con éxito o sin él, han intentado aportar un elemento u otro de esa constelación concreta”.[2] Así pues, el historiador que se ocupa del desarrollo científico tiene ante sí dos tareas principales: por un lado, determinar quién y en qué momento se descubrió o inventó cada uno de nuestros actuales hechos, leyes y teorías; y por otro lado, describir y explicar el cúmulo de errores, mitos y supersticiones que han inhibido el desarrollo de ciertas perspectivas científicas.

Con lo anterior, se puede pesar en que la ciencia quizá no se desarrolle mediante la acumulación de descubrimientos e invenciones individuales, y que la ciencia, no tiene un desarrollo meramente lineal, pues se habría que revisar los descubrimientos anteriores, que los autores posteriores a éstos los tachan de errores y supersticiones[3], puesto que, si los ignoramos, la ciencia ya no cumpliría con la característica de ser acumulativa: 

“Si las creencias pasadas de moda han de tenerse por mitos, entonces los mitos se pueden producir con los mismos tipos de métodos y pueden ser sostenidos por los mismos tipos de razones que hoy conducen al conocimiento científico”.[4]

Dice Kuhn, que es frecuente que la ciencia normal suprima novedades fundamentales porque necesariamente son contrarias a lo que respectan sus compromisos básicos, ello da pie a que tal ciencia se extravíe una y otra vez, sin llegar nunca a un resultado. Un problema normal que habría de resolverse mediante reglas y procedimientos, en ocasiones ya no se puede, el problema se resiste, de tal manera que la ciencia deja de funcionar del modo esperado, revelando una anomalía, que a pesar de los repetidos esfuerzos no se puede ajustar a las expectativas profesionales. Ante ello, se realiza una investigación extraordinaria, la cual lleva a un nuevo conjunto de compromisos, a una nueva base sobre la cual debe practicarse la ciencia. “Los episodios extraordinarios en los que se produce un cambio en los compromisos profesionales se conoce en este ensayo como revoluciones científicas”.[5]

Tales revoluciones, exigieron el rechazo por parte de la comunidad, de una teoría científica, en favor de otra incompatible con ella, sin embargo, estas revoluciones transformaron la imaginación científica de forma trascendental, y cambiaron el trabajo científico que se realiza en el mundo.

“Ciencia normal significa la investigación basada en uno o más logros científicos pasados, logros que una comunidad científica particular reconocen como el fundamento de su práctica ulterior”.[6] Tal noción está sumamente conectada al de paradigma. Las personas cuya investigación se fundamenta en paradigmas compartidos se encuentran comprometidas con las mismas reglas y normas de práctica científica.

La transformación de los paradigmas o el desarrollo de los mismos, constituye propiamente las revoluciones científicas, y las sucesivas transiciones de un paradigma a otro mediante una revolución constituyen el patrón usual de desarrollo de la ciencia madura.

El paradigma representa el trabajo que ha sido realizado de una vez por todas, su significado establecido es el de modelo o patrón aceptado, de ahí Kuhn toma este vocablo para explicarlo en el ámbito de la ciencia.

Los paradigmas tienen éxito entre sus competidores en la medida en que resuelven problemas que el grupo de científicos practicantes consideran urgentes. La ciencia normal consiste en la actualización de una promesa de éxitos que se logra extendiendo el conocimiento de aquellos hechos que el paradigma exhibe como reveladores, la investigación de la ciencia normal se orienta a la articulación de los fenómenos y teorías ya suministradas por el paradigma.

Se consideran como revoluciones científicas a “aquellos episodios de desarrollo no acumulativos en los que un paradigma antiguo se ve sustituido en todo o en parte por otro nuevo incompatible con él”.[7]

Las revoluciones científicas se inician por una sensación creciente, restringida, a menudo, a una pequeña subdivisión de la comunidad científica, de que: el paradigma existente ha dejado de funcionar adecuadamente en la exploración de un aspecto de la naturaleza hacia el que había conducido previamente el propio paradigma.

Guiados por un nuevo paradigma, los científicos adoptan nuevos instrumentos y buscan en lugares nuevos. Lo que es todavía más importante, durante las revoluciones los científicos ven cosas nuevas y diferentes al mirar con instrumentos conocidos y en lugares en los que ya habían buscado antes. Es como si la comunidad fuera transportada a otro lugar totalmente diferente donde los objetos familiares se ven bajo una luz diferente y, además, se les unen otros objetos desconocidos.

Los cambios de paradigmas hacen que los científicos vean el mundo de investigación, que les es propio, de manera diferente. “En la medida en que su único acceso a dicho mundo es a través de lo que ven y hacen, podemos estar dispuestos a afirmar que tras una revolución los científicos responden a un mundo distinto”.[8]

Las revoluciones resultan casi invisibles y parecen siempre simples adiciones al conocimiento científico, sin embargo, así es precisamente un paradigma, un pequeño cambio en la concepción del problema, para darle una solución totalmente distinta y eficiente.

En conclusión, para Kuhn, las ciencias no progresan siguiendo un itinerario uniforme en la aplicación de un método científico, las ciencias progresarán si se entiende la importancia de los avances del pasado, ante los problemas existentes, creando de esta manera lo que Kuhn llama un paradigma, una revolución científica.

Es justo ver desde muchas perspectivas y, no aislar las ideas precedentes de la ciencia para dar paso a una evolución en el comprender humano.

Bibliografía.

Kuhn, Thomas Samuel, La estructura de las revoluciones científicas, México, Editorial FCE, 2004.


[1] Kuhn, Thomas, La estructura de las revoluciones científicas, México, Editorial FCE, 2004, p. 23.

[2] Ibídem, p. 24.

[3] Francis Bacon afirmaba que la verdad emerge más fácilmente del error que de la confusión. Ibídem, 50.

[4] Ibídem, p. 26.

[5] Ibídem, p.31.

[6] Ibídem, p.37.

[7] Ibídem, p. 164.

[8] Ibídem, p. 193.

Lo que ciencia y arte aprenden entre sí

Figuras como Da Vinci y Galileo Galilei tuvieron la cualidad de hacer confluir dos espacios que a priori se creían contrapuestos. Similitudes y diferencias históricas, cómo se cruzan en la actualidad.

Por Pablo Esteban

José Burucúa es doctor en Filosofía y Letras (UBA) e historiador del arte. De joven quiso ser médico para cumplir el deseo de su padre; luego prefirió ser matemático para satisfacer el anhelo de su tío; pero un día, al ver que nada lo conmovía lo suficiente, reflexionó sobre sus propios intereses y no retrasó su decisión ni un segundo más: se inscribió en Filosofía y Letras. En la actualidad, se constituye como una de las grandes referencias en el campo de las humanidades, área de investigación que no duda en reivindicar ante los ajustes presupuestarios del Conicet. Apasionado del Renacimiento italiano, sostiene que los humanos deben recuperar la curiosidad que tienen de niños y relegan cuando se vuelven adultos, al tiempo que ejercita su capacidad de relacionar el arte y la ciencia, dos líneas paralelas que, afortunadamente y según su perspectiva, a menudo se cruzan.

–Hasta hace poco poseía una biblioteca con casi diez mil volúmenes. Sin embargo, la primera vez que la tuvo ordenada fue cuando la donó a la Biblioteca Nacional.

–Estuve cuatro meses para ordenarla, pero lo cierto es que cuando estuvo lista, por fin, la vi hermosa. Solo me quedé con clásicos y poquitas cosas de literatura. Tenía un tío matemático del cual heredé muchísimos libros inhallables de filosofía de la ciencia; de él recibí, por ejemplo, la obra completa de los presocráticos. Por otro lado, obtuve la biblioteca de mis padres, que eran lectores muy ávidos y consumían mucha literatura francesa e italiana. Para colmo, mi suegro coleccionaba libros antiguos y, como era de esperar, junto a mi esposa, también reunimos una cantidad muy impresionante. Leíamos todo el tiempo, éramos curiosos.

–Ya que lo menciona, se trata de un rasgo central que deberían ejercitar los científicos. ¿Por qué si los humanos somos curiosos de pequeños, cuando crecemos dejamos de serlo?

–Es que para humanizarse uno tiene que cultivar la capacidad de pensamiento, entrar en el mundo. Pertenecer a una sociedad implica respetar reglas que nos separan de cierta libertad que experimentamos cuando somos pequeños. Cuando nos volvemos grandes nos ponemos más pragmáticos, adoptamos algunas maneras de pensar que, con matices, respetamos hasta el final de nuestros días. Y eso, claro, aplaca nuestras mejores ganas de imaginar otros mundos y vidas posibles, aunque siempre quedan márgenes.

–Usted imaginó muchas vidas posibles. De hecho, primero quiso ser médico, después matemático pero terminó siendo historiador del arte.

–Todavía me gustaría ser médico, moriré con esa frustración. Mi viejo fue un gran médico, una persona tan inteligente como difícil. Apenas arranqué la carrera, de joven, advertí que siempre sería su sombra y, además, sentía que se preocupaba demasiado por mi futuro. Aunque lo hubiera querido nunca habría sido como él; era imposible, me quería perfecto. Había terminado la escuela secundaria, donde me había sentido realmente libre y cuando llegué a la universidad me topé con un autoritarismo insoportable. Un profesor nos tomaba exámenes de espaldas, lo recuerdo todavía presente. Así que me pasé a las matemáticas pero tampoco funcionó, los números no me querían y yo tampoco a ellos. Como algo tenía que estudiar fui a Filosofía y Letras y conseguí ser extremadamente feliz. El arte y la ciencia siempre me habían apasionado.

–Acostumbramos a juzgarlos como dos mundos bien distintos: ¿qué tiene el arte de ciencia y qué tiene la ciencia de arte?

–No hay momento en que el arte haya sido ajeno al despliegue de la ciencia porque, como es lógico, la creatividad es una virtud que ambos campos cultivan. Mientras que la ciencia busca tener las emociones bajo control, el arte no puede prescindir del contenido emocional. Esto no quiere decir que la ciencia no tenga emoción, aunque es cierto que se pone entre paréntesis al momento de elaborar metodologías para conseguir determinados resultados y rozar la verdad. Por otro lado, la técnica artística requiere de una disciplina muy semejante a la del descubrimiento científico. También tiene un método muy sutil, complejo, con muchas variables en juego; la propia acción de un pintor que mezcla un pigmento con un solvente específico requiere de una precisión quirúrgica, de una práctica de ensayo-error y de una observación tradicional, paciente y antigua.

–Además, los avances científicos contribuyeron a la transformación del arte.

–Tal cual, en el siglo XVIII tenemos el descubrimiento de los primeros colores sintéticos. Por otro lado, el color del pomo que existe recién a partir del siglo XIX volvió posible la pintura frente al paisaje. La investigación de los aceites y el crecimiento exponencial de la industria química posibilitaron nuevas formas de pintar. En el XX, el descubrimiento del acrílico modificó las prácticas escultóricas y permitió una fluidez de las formas que antes no existía con el cincel y el martillo.

–En su tesis de doctorado realizó un estudio acerca de las ideas de Galileo Galilei sobre las artes figurativas.

–El primer experimento exitoso en la Europa del Quattrocento es la perspectiva. Había un problema. Se trataba de representar lo visible de tal manera que provocara la ilusión de una visión directa del mundo, es decir, la idea de mímesis llevada a su máxima expresión. Para realizarlo era necesario recortar el objeto, encorsetar la experiencia y encaminar un proceso de matematización de lo real que, en definitiva, permitía alcanzar una verdad parcial, esto es, una verdad científica. Hoy sabemos que el ojo se mueve de manera constante pero siempre hay un punto muy efímero en el cual se fija y, en ese momento es cuando se produce la pirámide de la perspectiva. Bajo estas premisas, Galileo –que conoció y estudió profundamente el arte de la perspectiva– se dio cuenta de que esa era la prueba que necesitaba para mostrar que la matematización de lo real nos llevaba al conocimiento de la ley física de lo real. Entonces, cuando presentó su telescopio al Senado de Venecia lo enunció muy claro: “Esto lo he fabricado gracias a la recóndita especulación de la perspectiva”.

–Es decir que ciencia y arte se retroalimentan de manera constante.

–Por supuesto, el arte también aprende de la ciencia. Por caso, cuando se produce la revolución relativista a principios del siglo XX y se consolidan las geometrías no euclidianas, son los artistas quienes se interesan por los avances teóricos científicos y buscan aggiornarse respecto de las nuevas maneras que ponían en crisis sus prácticas asociadas a la perspectiva. Por ello, en los cubistas se combinan figuras de perfil y de frente para construir nuevas imágenes totalmente diferentes.

–Da Vinci, quizás, fue el máximo exponente capaz de atravesar ambos campos.

–Leonardo realmente no podía distinguir la actividad del artista que procura representar el mundo y la actividad de la mente que pretende encontrar un orden racional. No veía distinciones, más bien, observaba dos aspectos de la misma figura, dos horizontes que necesariamente se intersectaban. Podríamos decir que toda su pintura es científica y, de forma recíproca, su ojo escrutador de científico también contenía la mirada del artista.

–Por último, sus investigaciones se enmarcan en el área de las humanidades, una de las más golpeadas por los ajustes presupuestarios. ¿Por qué defenderlas?

–Las preguntas básicas sobre nuestra condición de existencia y nuestro rol en el planeta han atravesado la historia de la humanidad. Resulta alarmante cercenar este tipo de reflexiones constituidas a partir de un conocimiento profundo de todas las respuestas del pasado. En el presente, sin la exploración que realizan las ciencias humanas sería imposible justificar la superioridad de la democracia como sistema político. Incluso, los temas que en apariencia suelen ser más livianos resultan cruciales: estudiar cómo se expresa la cumbia villera puede demostrar, de una manera espectacular, cuáles son los conflictos sociales, las rupturas, las grietas y las construcciones de poder que realizan las clases subalternas en nuestra sociedad.

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