El Orden del Discurso por Michel Foucault

«En el discurso siempre habrá una controversia sobre lo que dice y pronuncia quien emite el discurso y lo que los otros piensan, antes y después de escuchar. «

Foucault
Foucault

El presente escrito trata sobre la obra El Orden del Discurso1 de Michel Foucault, el cuál, es una lección inaugural pronunciada en el Collège de France el 2 de diciembre de 1970. Además, es un inicio de lo que irá planteando es las demás obras posteriores.

Al abordar la investigación sobre la utilización de la palabra, Foucault plantea una investigación a partir del análisis del discurso. Con ello, trata de desglosar cuál ha sido el origen de este método y, y los elementos que preceden y modifican la construcción del discurso. Surgen interrogantes como: ¿De dónde proviene? ¿Sólo los sofistas hacían uso de ello? ¿Un discurso sólo es realizado por un filósofo? Estas y muchas cuestiones aparecen al pensar sobre esta herramienta o dispositivo llamado «Discurso». Una respuesta aproximada surge a partir de la disciplina, tomada no sólo como un hábito o repetición, sino también relativa a las singularidades de quién emite el discurso.

Si bien, la forma de comenzar un discurso es preguntándose: ¿Qué sucedería si la palabra lo abordara y le llevara hacia una realización propia de su discurso? Por ello, deduce que una de las características del discurso es “el deseo de no tener que esperar, un deseo semejante de encontrarse, ya desde el comienzo del juego, al otro lado del discurso sin haber tenido que considerar del exterior”2. Con esto, Foucault trata de plasmar que en el discurso siempre habrá una controversia sobre lo que dice y pronuncia quien emite el discurso y lo que los otros piensan, antes y después de escuchar.

Por ello, en relación con lo que llegue a pensarse, el autor busca identificar que en la sociedad existen factores que propician la exclusión: el primero es la prohibición que llega a causar ciertas barreras, e impide que, al momento de transmitir un discurso o al utilizar simplemente el habla, existan hiper-limitaciones de carácter moral o político . El autor, en este caso, se da cuenta de que no se trata de una barrera, sino que, quien haga utilización del habla deber darse cuenta del lugar en el que se encuentra, para, de esta manera, dirigir el hablar de forma correcta. Sin embargo, hay quienes hacen mal uso de la prohibición del discurso, con el cual quieren incrementar la búsqueda de otros bienes: “las prohibiciones que recaen sobre él revelan muy pronto su vinculación con el deseo y con el poder”3, ya que la utilización del discurso llega a tener una apariencia positiva.

El Discurso Académico

Otro aspecto dentro de los procedimientos de la exclusión que se señala, es la separación de la locura. En ella, se habla de una investigación a fondo de la validez que podía expresar un loco con la palabra. La historia nos dice que el loco era puesto al margen por su deficiencia; no obstante, se buscó evaluar la probabilidad de certeza en su palabra. El resultado fue que se llegó a considerarle como una persona con palabra verdadera. Aunque la razón era quien ponía en duda dicha investigación, al final de cuentas, “basta que el silencio esté alerta para que la separación persista”4. Dicha separación ofrece una mejor escucha e interés de quien quiere demostrar la verdad a partir de la palabra, no importando algún obstáculo.

El último de los procedimientos de la exclusión, es la voluntad de verdad. Muchos factores actúan en busca de una mejor valoración, es decir, la utilización de la verdad en un discurso que se convierte en un fuerte peso para quienes descubren que es verdad y pensaban lo contrario. La misma historia nos muestra con ejemplos, cuando alguna persona se equivocaba en la defensa de su palabra. En el caso de la justicia, vemos que llegó a infundir terror por el poder y los castigos que imponía defendiendo intereses. Incluso, la justicia “no deja de reforzarse y de hacerse más profunda y más soslayable”5 para desembocar en una verdad auténtica.

En resúmen, puede sospecharse que hay regularmente en las sociedades una especie de nivelación entre discursos: los discursos que se dicen en el curso de los días y de las conversaciones y que desaparecen con el acto mismo que los ha pronunciado; y los discursos que más allá de las fórmulas, son dichos, permanecen dichos y están todavía por decir, y otros, que sostienen la simbolización de los sujetos. Entre lo que llega a mencionarse y permite la elaboración de los discursos es la disciplina, considerada como un hábito y estilo en el autor, y que “es un principio de control de la producción del discurso. Ella le fija sus límites por el juego de la identidad que tiene la forma de una reactualización permanente de las reglas”6.

El Discurso Político

Bibliografía:

Michel, Foucault, El orden del discurso, Fábula Tusquets, Barcelona, 2008. 76 pp.

1Foucault, Michel, El orden del discurso, Fábula Tusquets, Barcelona, 2008. 76 pp.

2Íbidem. p.13

3Íbidem. p.15

4Íbidem. p.15

5Íbidem. p.24

6Íbidem. p.38

El Origen de la Familia por Friedrich Engels

«Y así nace la familia patriarcal, la mujer es entregada sin reservas al poder del hombre, los hijos son unos esclavos bajo el poder del padre.«

Friedrich Engels
Engels

Entre sus numerosas obras, Friedrich Engels escribe El origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado (1884) con la intención de terminar un trabajo que Marx no alcanzó a escribir. Este trata sobre los resultados de las investigaciones de Morgan, en relación con las conclusiones de su análisis materialista de la historia, y establecer así su alcance. La teoría materialista sostiene que el factor decisivo en la historia es la producción y la reproducción de la vida inmediata. Morgan encontró en las uniones gentilicias de los indios norteamericanos la clave para descifrar importantísimos enigmas de la historia antigua, y, es a partir de esos resultados que Engels fundamenta la exposición sobre el origen de la familia.

Debido a diversas transformaciones en la familia – hasta 1860 ni siquiera se pensaba en la historia de la familia y las ciencias históricas estaban influenciadas por la concepción de familia de los cinco libros de Moisés – como la forma patriarcal más antigua y con la familia burguesa del siglo XIX, Engels piensa en una exposición de la familia que recoge autores como Bachofen o Morgan, para aclarar algunos elementos que pudieron pasar desapercibidos.

Por ejemplo, en el estudio sobre la familia de Bachofen (1861), «Derecho Materno» se afirma que: «no fue el desarrollo de las condiciones de existencia de los hombres sino el reflejo religioso de esas condiciones lo que provocó cambios históricos en la situación social recíproca del hombre y la mujer.»[1] Otro autor que hizo un aporte significativo fue MacLennan, al haber reconocido como primario el orden de descendencia con arreglo del derecho materno. Las aportaciones, tanto de Bachofen como de MacLennan fueron significativas paras las investigaciones posteriores de Morgan, por lo que, el descubrimiento de la primitiva gens de derecho materno, como etapa anterior a la gens de derecho paterno de los pueblos civilizados tiene para la historia primitiva una importancia relevante y que a Morgan le permitió bosquejar una historia de la familia, estableciendo algunos estadios clásicos de la evolución.

En todas las partes donde existe el matrimonio por grupos, la descendencia sólo puede establecerse por la línea materna, y por consiguiente, sólo se reconoce la línea femenina.

Morgan distingue tres épocas de la evolución de la familia: salvajismo, barbarie, civilización y en ellas los estadios inferior, medio y superior.

El salvajismo se caracteriza por la apropiación de productos que la naturaleza da ya hechos y las producciones humanas están destinadas, principalmente, a facilitar esa apropiación, por ejemplo con el lenguaje articulado, el fuego, el arco y la flecha; la barbarie, es un período en el cual aparece la ganadería y la agricultura y se aprende a incrementar la producción de la naturaleza por medio del trabajo humano y la invención de la alfarería, la domesticación de animales, y la fundición de hierro; la civilización es un período en que el hombre sigue aprendiendo a elaborar productos, industriales y artísticos.[2]

Para Morgan, la familia es el elemento activo porque no permanece estacionada, sino que pasa de una forma inferior a una superior; en cambio, los sistemas de parentesco son pasivos, porque sólo después de largos intervalos, registran los progresos hechos por las familias, y, sin sufrir una modificación radical. Engels comenta que el desarrollo superior de una familia, se debe, a que se han integrado a ella, familias profundamente alteradas; pasando, por ejemplo: de la promiscuidad a la formación de familias en las llamadas hordas que comprenden la forma social más elevada.

La Familia es un Elemento Activo

La salida de las familias de la promiscuidad, ha sucedido de manera procesal: primero, la familia consanguínea (relaciones entre padres e hijos), la cual fue desapareciendo hasta el punto de que en los pueblos salvajes no hay rastros de ella; en segundo, la familia panalúa, que excluye a los hermanos de la relación sexual entre hermanos y los hijos de estos, ya no son llamados hermanos sino sobrinos por los hermanos de los progenitores. Y, puesto que en ninguna forma de familia por grupos puede saberse con certeza quien es el padre de la criatura, pero sé quién es la madre, Engels concluye que: en todas las partes donde existe el matrimonio por grupos, la descendencia sólo puede establecerse por la línea materna, y por consiguiente, sólo se reconoce la línea femenina[3]. A partir de la familia punalúa y la descendencia materna, se entiende el origen de los gens, es decir, un círculo cerrado de parientes consanguíneos, por línea femenina, que no pueden casarse unos con otros y es ésta una concepción elevada de la forma de familia por Morgan.

Caminamos hacia una revolución social en que las bases económicas de la monogamia actuales desaparecerán.

Otra clasificación de la familia, según Morgan, es la sindiásmica, que es un matrimonio entre gens y que hace una raza más fuerte, tanto en el aspecto físico como en el mental. La evolución de la familia en tiempos pre-históricos consiste en una reducción del círculo en cuyo seno prevalece la comunidad conyugal entre los dos sexos, círculo que en su origen acababa la tribu entera[4]. De esta forma, se hace imposible la práctica del matrimonio por grupos y queda sólo la pareja. La familia sindiásmica, demasiado débil e inestable por sí misma, no suprime el hogar comunista y además implica el reconocimiento del predominio de la mujer en la casa. Por tanto, después del matrimonio sindiásmico, los hombres pudieron introducir la monogamia estricta con las mujeres, y cada vez más, se fue reduciendo la comunidad de los matrimonios hasta ser una relación entre una pareja y no entre grupos.

Así pues, durante la pre-historia, a medida en que iban en aumento las riquezas, y que éstas estaban en posesión del hombre, éste fue tomando una posición más importante que la mujer en la familia y sirvió para valerse de esa ventaja, y modificar el provecho de los hijos en el orden de herencia establecido. El derrocamiento del derecho materno, fue la gran derrota del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuño también las riendas de la casa; la mujer se vio degradada, convirtiéndola en servidora, en un simple instrumento de reproducción.[5]

La palabra «familia», no significa en su origen, la mezcla de sentimentalismos y de disensiones domésticas, ese término era utilizado para referirse a los esclavos domésticos (famulus), por lo cual, familia se refiere al conjunto de esclavos pertenecientes a un mismo hombre. Y en Marx, la familia moderna contiene en germen, no sólo de la esclavitud (servitus), sino también de la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura.[6]

La Familia Patriarcal o Monogámica

Y así nace la familia patriarcal, la mujer es entregada sin reservas al poder del hombre, los hijos son unos esclavos bajo el poder del padre.

La familia monogámica, nace de la familia sindiásmica, en el periodo de transición del estadio medio y superior de la barbarie. Se funda en el predominio del hombre, su fin expreso es el procrear hijos, cuya paternidad sea indiscutible, porque éstos han de ser los herederos del padre. La familia monogámica, se diferencia del matrimonio sindiásmico, por una solidez mucho más grande de los lazos conyugales, que ya no pueden ser disueltos por deseo de cualquiera de las partes.[7]

Como se ha visto, hay tres formas principales de matrimonio: al salvajismo corresponde el matrimonio por grupos; al barbarie, el matrimonio sindiásmico; a la civilización, la monogamia con sus complementos, el adulterio y la prostitución.

Caminamos hacia una revolución social en que las bases económicas de la monogamia actuales desaparecerán. La monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en las mismas manos del hombre y del deseo de transmitir esas riquezas a los hijos[…] pero la revolución social inminente, transformando por lo menos la inmensa mayoría de las riquezas duraderas hereditarias, reducirá al mínimum todas esas preocupaciones de transmisión hereditaria[8].

Según Engels, será una transformación de los medios de producción en propiedad social, que traerá como consecuencia la desaparición del trabajo asalariado, el proletariado y la prostitución de las mujeres, por una propiedad común y la economía dejará de ser de la familia individual para pasar a manos de la sociedad, es decir, el naciente comunismo.

Marx y Engels

Bibliografía:


-ENGELS, Fedrich, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, EDICIONES DE CULTURA POPULAR, México, 1979


[1]Cfr., ENGELS, Fedrich, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, EDICIONES DE CULTURA POPULAR, México, 1979, p. 9

[2]Cfr., Ibid., p. 29.

[3]Ibid., p.45.

[4]Ibid., p.52.

[5]Ibid., p.63.

[6]Ibid., p.65.

[7]Ibid., p.69

[8]Ibid., p.85.

Los Orígenes de la Filosofía por Karl Jaspers.

«La fuente del examen crítico de todo conocimiento es la duda, que es también: la vía a la certeza

Karl Jaspers
Karl Jaspers

El filósofo alemán Karl Jaspers en su obra «La Filosofía» se pregunta sobre el significado de ésta: ¿Qué es? y ¿Cuál es su sentido?

Él afirma que las respuestas pueden variar según cada subjetividad, puesto que, para las personas que profesan la ciencia, la filosofía es lo más bajo para el conocimiento, ya que ésta “carece por completo de resultados universalmente válidos y susceptibles de ser sabidos y poseídos”.[1]

Ante esto, Jaspers infiere que aunque la certeza que de la filosofía no se basa en una episteme científica, su certeza se sostiene en la esencia misma de lo humano, es decir que, los caminos de la filosofía sólo tienen sentido si tratan lo humano sobre: la forma de su ser, su capacidad de saber y reflexionar sobre sí mismo. Además, argumenta que la misma filosofía surgió antes de toda ciencia, y ésta tiene su origen allí donde despiertan los humanos. Las personas filosofan desde pequeñas, y la magnífica señal de esto se encuentra en las preguntas que realizan los niños y que sorprenden a los adultos. Interpelaciones referentes al objeto del mundo, al ser y a la existencia en el universo.

Otro ejemplo de que la filosofía es anterior a toda ciencia, se percibe de manera concreta en los enfermos mentales, puesto que, en ellos aparecen revelaciones metafísicas de una índole impresionante.

Para el ser filósofo no hay manera alguna de escapar de la filosofía, ya que, ésta se encuentra en todo lo que hacemos; incluso, si decidiéramos rechazar la filosofía, estaríamos profesando también una filosofía, aunque no lo percibamos al instante .

Dios existe para mí, únicamente en la medida en que yo existo, si existo Dios existe.

Volviendo a las preguntas iniciales sobre ¿Qué es la filosofía y cuál es su sentido? responde Jaspers que, desde el significado de la palabra (philósophos) encontramos el amor por el conocimiento; quien busca la verdad y no quien la posee. Filosofía quiere decir ir por un camino, y en ese camino “las preguntas son más esenciales que las respuestas, y toda respuesta se convierte en una nueva pregunta”.[2] Sobre el sentido de la filosofía, Jaspers dice que, con esta se ve la realidad en su origen, al hacerla propia conversando consigo mismo, abrirse a la grandeza de lo que nos rodea y entablar comunicación entre personas manteniendo despierta la razón, incluso frente a lo más extraño y ante lo que se todos rehusan por temor. La filosofía es aquella concentración mediante la cual el humano es humano, al hacerse partícipe en lo contingente de la realidad.

Ciertamente, existen muchísimas formas de filosofar, bastas contradicciones y muchas sentencias con pretensiones de tener la verdad. Sin embargo, no se puede impedir, que en el fondo, haya una “unidad que nadie posee, en torno a la cual, giran en todo tiempo todos los esfuerzos serios de la pregunta: la filosofía una y eterna, la Philosophia Perennis”.[3]

Una vez que se ha resuelto la pregunta sobre el significado de la filosofía, Jaspers se pregunta sobre su origen. Refiere al «origen» como la fuente de la que mana, en todo tiempo, el impulso que mueve a filosofar. Sin embargo, este origen es múltiple, ya que “del asombro sale la pregunta y el conocimiento, de la duda acerca de lo conocido surge el examen crítico y la clara certeza, de la conmoción del hombre y de la consciencia de estar perdido nace la cuestión de sí propio”.[4]

La Duda

Estos tres motivos que alimentan al ser filosófico se manejan con estas perspestivas: Platón decía que el origen de la filosofía es el asombro, puesto que la admiración es lo que impulsa a los hombres a filosofar, el admirarse incita a conocer; una vez que se ha satisfecho el asombro y admiración con el conocimiento de lo que existe, seguidamente llega al hombre la duda. Las percepciones sensibles están condicionadas por nuestros sentidos, los cuales gozan en engañarnos continuamente, aquí, esta duda sobre lo conocido, se convierte en una duda metódica, la cual es precisamente: la fuente del examen crítico de todo conocimiento, la duda es la vía a la certeza. El último motivo, es el que señala el estoico Epicteto, el cual afirmaba que: “el origen de la filosofía es el percatarse de la propia debilidad e impotencia”,[5] de nuestra propia situación humana, de la cual no podemos salir ni alterar, es el origen más profundo aún, de la filosofía. Sólo reconociendo las situaciones límites se da el impulso fundamental que mueve a encontrar en el fracaso el camino que lleva al ser.

Los tres motivos enunciados, asevera Jaspers, no agotan lo que nos mueve a filosofar en la actualidad, puesto que, éstos se encuentran subordinados a una condición, la de la comunicación entre las personas. Sólo existo en compañía del otro, solo no soy nada. La comunicación que propone Jaspers, es “una comunicación que no se limite a ser de intelecto a intelecto, de espíritu a espíritu, sino que llegue ser de existencia a existencia”.[6] Únicamente en la comunicación se alcanza el fin de la filosofía.

Una vez que se conoce qué es la filosofía y cuál es su origen, Jaspers se cuestiona sobre ¿Qué es lo que existe, qué es el ser? Ciertamente, ya se ha intentado responder de muchas maneras a estas preguntas, pero no se ha llegado a aprobar ninguna respuesta. Nuestro filósofo infiere que “el ser no puede ser, en conjunto, ni objeto ni sujeto, sino que tiene que ser lo Circunvalante que se manifiesta en esta separación”.[7]

El ser puro y simple no puede ser, evidentemente, un objeto, puesto que todo lo que viene a ser un objeto se acerca a mí saliendo de lo Circunvalante, del cual también salgo yo como sujeto. Lo Circunvalante permanece oscuro para mi consciencia, únicamente se torna claro por medio de los objetos, es decir, éste se manifiesta en la separación del yo y del objeto. No se nos presenta del todo, sino que se presenta siempre en los demás.

Jaspers

Filosofar sobre lo Circunvalante significa precisamente penetrar en el ser mismo. “Baste decir que lo Circunvalante, concebido como el ser mismo, se llama trascendencia (Dios) y el mundo,”[8] y como existencias estamos en relación con Dios, el cual es objeto en tanto que se nos da, pero se encuentra en una dimensión completamente distinta en la que se hallan los objetos empíricos.

Lo Circunvalante es propiamente la idea de Dios, la cual tiene dos raíces: la bíblica y la filosofía griega. En la bíblica se afirma que Dios existe, y tal realidad se muestra cuando el hombre renuncia plena y totalmente a sí mismo y a sus propias metas. En la filosofía griega, de igual manera se concebía la existencia de Dios, de un sólo Dios en Jenófanes, y en Platón se veía a la Divinidad como el Bien supremo. A la Divinidad se le profesaba como la razón cósmica.

Los filósofos de nuestro tiempo, infiere Karl Jaspers, han dejado a un lado la cuestión de si Dios existe, ni afirman su existencia, ni la niegan bajo la premisa de que aquello que no se puede saber, y que es mejor callar, pero él afirma que Dios existe, y no es un objeto del saber, por lo que su existencia no es apodícticamente demostrable, ni tampoco es un objeto de la experiencia, ante Dios, sólo cabe creer en Él.

El ser libre de lo humano es lo que llamamos su existencia. “Dios es cierto para mí con la decisión en la cual existo. Dios es cierto no como contenido del saber, sino como presencia para la existencia”.[9] Dios existe para mí, únicamente en la medida en que yo existo, si existo Dios existe.

Ciertamente, el pensamiento existencialista de Karl Jaspers tiene como objetivo final la búsqueda del ser, y me parece muy significativo que esta búsqueda nos remita precisamente a la existencia humana, a el humano, y que la filosofía, será filosofía siempre y cuando termine su labor en el saber del ser del mismo sujeto, saber que se dirige rectamente hacia lo Circunvalante, pues es de ahí donde surgen los objetos y el sujeto. Lo Circunvalante o Dios, es lo que da al hombre su existencia, cada quien existe en relación a éste, el ser puro y simple.

El Asombro

Bibliografía.

Jaspers, Karl, La filosofía, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.


[1] Jaspers, Karl, La filosofía, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p.7.

[2] Ibídem, p. 11.

[3] Ibídem, p. 14.

[4] Ibídem, p. 15.

[5] Ibídem, p. 16.

[6] Ibídem, p. 22.

[7] Ibídem, p. 26.

[8] Ibídem, p. 28.

[9] Ibídem, p. 38.

La «Desesperación» por Sören Kierkegaard

«La desesperación es la total ausencia de las esperanzas, sin que le quede a uno, ni siquiera la última esperanza: la de morir. «

Kierkegaard
Kierkegaard

En el primer apartado del libro «La enfermedad Mortal»[1] de Sören Kierkegaard; este, aborda el tema de la desesperación, la cual, es considerada como una enfermedad mortal. Se dice que la desesperación es una enfermedad propia del espíritu, del yo, y por consiguiente, puede revestir tres formas: La del desesperado que ignora poseer un yo, la del desesperado que no quiere ser sí mismo y la del desesperado que quiere ser sí mismo.

Para hablar de la desesperación se debe tener en cuenta que el humano, también es espíritu, considerado como el Yo. Ésta es una relación que se da consigo mismo. También se remarca que lo humano es una síntesis de finitud e infinitud, de lo temporal y lo eterno. En pocas palabras, la persona es una síntesis. Entonces, si existe una relación que se relacione consigo misma en lo humano, esta es representada como el Yo.

También es importante aclarar que el concepto de enfermedad mortal tiene como fin la muerte. De esta manera, la enfermedad mortal suele tomarse como sinónimo de una enfermedad irreversible. Sin embargo, en este sentido no se puede llamar enfermedad mortal a la desesperación.

Ahora bien, la desesperación es la enfermedad mortal en un sentido más categórico que el anterior. Porque, el desesperado está infinitamente lejos de llegar a morir corporalmente: “Al revés, el tormento de la desesperación consiste exactamente en no poder morirse”[2]. Esto quiere decir, que la desesperación es la total ausencia de las esperanzas, sin que le quede a uno, ni siquiera la última esperanza: la de morir.

“Cuando la muerte es el mayor de todos los peligros, se tiene esperanzas de vida; pero cuando se llega a conocer un peligro todavía más espantoso que la muerte, entonces tiene uno esperanzas de morirse. Y cuando el peligro es tan grande que la muerte misma se convierte en esperanza, entonces tenemos la desesperación como ausencia de todas las esperanzas, incluso la de poder morir”[3].

La idea de muerte

Con ello, se puede decir que estar desesperado, no solamente es la mayor desgracia y miseria, sino. la perdición misma. Además, el morir de la desesperación, se transmuta constantemente en una vida. Por tal motivo, la desesperación es considerada como una autodestrucción, pero impotente e incapaz de conseguir lo que ella quiere. Pues lo que ella quiere, es devorarse a ella misma pero no lo consigue. Cuando ya es declarada la desesperación, uno se desespera de sí mismo, lo cual es la fórmula de toda desesperación, aunque, también existe otra forma de desesperación: el querer ser desesperadamente sí mismo.

Es importante mencionar, que si no hubiese nada eterno en “nosotros, entonces sería imposible desesperarnos; más, por otra parte, si la desesperación fuese capaz de destruir el alma, entonces tampoco existiría en modo alguno la desesperación”[4]. De esta forma, se puede argüir que la desesperación es la enfermedad del propio yo, es decir, la enfermedad mortal. Cabe decir, que el desesperado es un enfermo de muerte, sin embargo, la muerte no es aquí el último trance de la enfermedad, sino que es incesantemente lo último. En efecto, es imposible quedar curado de dicha enfermedad mediante la muerte.

Kierkegaard considera desesperado a quien diga que lo está, y como no desesperado quien no lo está. Ahora bien, la desesperación parece que “se convierte en un fenómeno muy raro, cuando en realidad se trata de un fenómeno muy universal”[5]. La desesperación por ser una enfermedad propia del espíritu, es dialéctica, es decir, mantiene un sustancia con formas. En efecto, la desesperación es un fenómeno del espíritu, o sea, algo que se relaciona con lo terreno y que, contiene algo de eterno en su dialéctica.

La desesperación no es sólo dialéctica de una manera completamente distinta a lo que lo es cualquier otra enfermedad, sino que, también todos sus síntomas son dialécticos. “Ésta es la causa de que la consideración vulgar se engañe tan fácilmente al diagnosticar si la desesperación hace presa o no en determinados individuos”[6].

Desesperación

Uno de los conceptos que tienen relevancia conforme a la desesperación es la tranquilidad y el sosiego. Estos conceptos pueden significar que se está desesperado, pero también pueden significar que se ha superado la desesperación y que se ha alcanzado la paz.

No estar desesperado es algo muy distinto de no estar enfermo; pues no estar enfermo no significa en modo alguno que se está enfermo, en cambio no estar desesperado puede muy bien significar que se está desesperado”[7].

Por último, considera Kierkegaard que, las formas de la desesperación pueden esclarecerse de una manera abstracta si se aplica a dicha reflexión, los diversos momentos que constituyen al yo en cuanto síntesis. Hay que recordar que el yo está formado de infinitud y finitud, lo cual, es una síntesis que equivale a la libertad; ésta es lo dialéctico dentro de las categorías de posibilidad y necesidad. A pesar de ello, la desesperación es pensada bajo la categoría de conciencia. Con ello se quiere dar a entender que toda desesperación es consciente. “Pero de esto no se sigue que en todo aquel, en el que haya desesperación – conforme al concepto de la misma- y se lo llamase desesperado, esté consciente de ello. De esta manera, la conciencia es lo decisivo”[8].

A partir de lo ya mencionado, se puede decir que la conciencia (autoconsciencia) siempre va a ser lo decisivo en relaciones del Yo. Es decir, cuanta más conciencia haya, más Yo.

Bibliografía:

Kierkegaard, Sören, La enfermedad mortal, Sarpe, Madrid, 1984, pp. 8-72


[1] Con La enfermedad mortal Kierkegaard continúa y profundiza el tratado de La angustia. Las dos obras pertenecen a la etapa literaria más madura del escritor y el tema dominante en ambas es el mismo: el pecado original. La angustia constituye para Kierkegaard el punto cero de la existencia, y desde él se puede por igual girar hacia la fe o hacia la desesperación, la cual, es «un estar muriendo eternamente, muriendo y no muriendo, muriendo la muerte, pero morir la muerte significa que se vive el mismo morir».

[2] Ibidem, Pág 43

[3] Ibidem, pág 44

[4] Ibidem, pág. 47

[5] Ibidem pág 50

[6] Ibidem, pág 52

[7] Ibidem pág 61

[8] Ibidem,pag 67

Walter Benjamín y el Lenguaje

La lengua de un ser es el medio por el cual se comunica su ser espiritual, a pesar de lo imperfecto que pueda resultar”

Walter Benjamin
Walter Benjamin

En este primer ensayo llamado «Sobre el Lenguaje», sobre la capacidad espiritual en lo humano, Walter Benjamín dice: “toda comunicación de contenidos espirituales es lenguaje”[1]. De este modo, las palabras, sólo constituyen un caso particular del lenguaje humano. En realidad, este se articula a partir de la variedad de elementos. Entonces ¿Quién comunica la lengua? Pues nadie, cada lengua se comunica a sí misma, no necesita intermediarios: “porque el ser lingüístico de las cosas es su lengua”[2].

Cuando se dice: “la esencia lingüística de las cosas es su lengua”, y ésta se aplica lo humano, significa que su lengua son las palabras. Con esto, el hombre nombra a todas las cosas y, entra en comunicación con ellas; no al revés. Pero ¿Cómo comunican las personas su ser espiritual? Tal vez, al nombrar las cosas, pero, lo único que comunica es la imagen del objeto a otra persona, a través de las palabras.

De aquí surgen dos teorías: la primera dice que el medio de comunicación es la palabra, su objeto es la cosa y su destinatario la persona; la segunda no distingue ningún medio, ni objeto, ni destinatario de la comunicación y dice: “en el Nombre, el ser espiritual del humano, se comunica con Dios”[3].

En el Nombre ya no se comunica nada, y la Lengua se comunica por sí misma. Por lo tanto, “la lengua es la esencia espiritual de lo humano”[4], porque, es el único ser que se puede comunicar, porque, él es quien nombra las cosas, y por ello, “es el señor de la naturaleza”[5]. Un ejemplo claro lo tenemos en la Biblia, porque él es quien da nombre a todos los seres vivientes. Por lo tanto, la lengua sólo se expresa en el nombre, es decir, es reflejo del Creador.

La esencia espiritual tanto del humano, como de las cosas, se define desde el punto de vista de la teoría del lenguaje como Lingüística. Si esta esencia es idéntica a la lingüística, la lengua es el centro de comunicación de la cosa. Así que “la lengua es la esencia espiritual de las cosas”[6], pero no las agota, porque tiene imperfecciones y son mudas, es decir, les está negado el sonido.

“Las cosas en sí no tienen palabras, porque éstas son creadas por Dios y conocidas en su nombre según la palabra humana”[7], es decir, que el humano las nombra y las distingue, de acuerdo a su relación con ellas. Por lo tanto, hay que hacer una traducción de la lengua de las cosas a la lengua humana, “de aquello que no tiene nombre al nombre”[8], y esto sólo se puede alcanzar en Dios, porque Él es quien creó las cosas y el hombre sólo les coloca un nombre.

“Todo lo que el hombre originariamente ha oído, todo lo que ha visto con sus ojos y todo lo que sus manos han tocado, eran palabras vivientes, puesto que Dios era la palabra”[9], con todo esto se origina el lenguaje, tan necesario para que el humano se pueda relacionar con las cosas. Y de este modo termina diciendo: “la lengua de un ser es el medio por el cual se comunica su ser espiritual, a pesar de lo imperfecto que pueda resultar”[10].

Lenguaje

Bibliografía.

· Benjamín, Walter, “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres” en Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos, Ed. Artemisa, México, 1986, p. 139-153.

[1] Walter Benjamín, Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos, Ed. Artemisa, México, 1986, p. 139.

[2] Ibidem, p.141.

[3] Ibidem, p.142.

[4] Idem.

[5] Ibidem, p.143.

[6] Idem.

[7] Ibidem, p. 147.

[8] Ibidem, p.148.

[9] Ibidem, p.149.

[10] Ibidem, p.153.