Foucault y el Pensamiento del Afuera

La ley está en el afuera de las cosas, que encierran al hombre en función de las instituciones, ciudades, conductas y gestos.

Foucault
Foucault

La obra El pensamiento del Afuera, escrito por Michel Foucault en el año de 1966 manifiesta el ritmo del adentro y el afuera. Estas son dos expresiones filosóficas para colocar al sujeto y sus límites.

La primera parte que nos refiere al “miento y al hablo”, manifiesta que el lenguaje sólo admite a la conciencia apoderarse por las palabras. ¿Pero qué acontece cuando el hablar se suspende, cuando desaparece el “yo hablo”? En ese instante, el lenguaje transgrede su interioridad, y aparece como derramamiento o murmullo, en un afuera infinito. En este territorio, el lenguaje dura poco tiempo.

En cambio, en el afuera, hay un vacío para lo racional:

“el lenguaje escapa al modo de ser del discurso –es decir, a la dinastía de la representación-, y la palabra literaria se desarrolla a partir de sí misma, formando una red en la que cada punto, distinto de los demás, a distancia incluso de los más próximos, se sitúa por la relación a todos los otros en un espacio que los contiene y los separa al mismo tiempo”[1].

De esta manera, la palabra nos conduce por la literatura, pero quizás, también por otros caminos a ese afuera, donde desaparece el sujeto que habla. Así, pues, la experiencia del afuera, cambia hacia un lenguaje en el que el sujeto está excluido.

El pensamiento nos llevaba a nuestro interior, en cambio, el habla nos lleva hacia afuera y nos perdemos en el otro o afuera de nosotros mismos. El pensamiento y el existo conviven en uno mismo, y, cuando el habla interviene los hace desaparecer porque se externan y se pierden en el otro. Por lo tanto, el pensamiento del afuera tiene mucho espacio para representarse y existe la necesidad de que se haga conciencia y se reflexione:

“Este pensamiento que se mantiene fuera de toda subjetividad para hacer surgir como del exterior sus límites, enunciar su fin, hacer brillar su dispersión y no obtener más que su irrefutable ausencia, y que al mismo tiempo se mantiene en el umbral de toda positividad […] este pensamiento, con relación a la interioridad de nuestra reflexión filosófica y con relación a la positividad de nuestro saber, constituye lo que podríamos llamar en una palabra “el pensamiento del afuera”[2].

Ahora bien, todo discurso puramente reflexivo corre el riesgo de devolver la experiencia del afuera a la dimensión de interioridad, de ahí, la necesidad de reconvertir el lenguaje reflexivo. Según Foucault, hay que dirigirlo no ya hacia una confirmación interior sino, más bien, hacia un extremo, en que necesite rechazarse constantemente, es decir “que una vez que haya alcanzado el límite de sí mismo, no vea surgir ya la positividad que lo contradice, sino el vacío en el que va a desaparecer; y hacia ese vacío debe dirigirse, aceptando su desenlace en el rumor, en la inmediata negación de lo que dice, en un silencio que no es la intimidad de ningún secreto sino del puro afuera donde las palabras se despliegan indefinidamente”[3].

Entonces, a partir del momento en que el discurso deja de resbalar por la pendiente de un pensamiento que se interioriza, y, dirigiéndose al ser mismo del lenguaje, vuelve el pensamiento hacia el afuera, es decir, se presenta un lenguaje que no pertenece a nadie, que no es de la ficción ni de la reflexión, ni aquello que ha sido dicho ya sino de las cosas ocultas.

Asimismo, al hablar de atracción, Foucault hace referencia a Blanchot[4], quien la define como “la experiencia pura y más desnuda del afuera”[5]. De aquí que, Foucault señale que el ser atraído, no consiste en ser incitado por el atractivo del exterior, es más bien experimentar en el vacío y la indigencia, la presencia del afuera. Así que, no se refiere al hecho de ser estimulado por el exterior, sino que, para que haya atracción, el ser humano debe tener una actitud negligente, ya que, la atracción tiene como correlato necesario la negligencia “la abertura de la atracción forma una sola y misma cosa con la negligencia que acoge a aquel que ella ha atraído”[6].

La Justicia

Ahora bien, Foucault se hace la pregunta ¿dónde está la ley, qué hace la ley? Ante tal cuestión responde que: la ley está disimulada, no se encuentra como objeto; porque, si estuviera presente en el fondo de uno mismo, la ley dejaría de ser la ley; sino, más bien, la suave interioridad de la conciencia. La ley, entonces, está en el afuera de las cosas, que encierran al hombre en función de las instituciones, ciudades, conductas y gestos. Pero, ante tal respuesta, surge la siguiente cuestión: ¿cómo podría hacerse perceptible la ley, y cómo podríamos ver lo que no se ve? A lo que responde que posiblemente en el momento en que nos sancionan.

Por otro lado, cuando la persona habla se desdobla, y su sonido o su palabra le reproduce otro yo. Es como si escuchara un eco producido por si mismo. De tal forma que, el lenguaje se refleja en el tiempo y el espacio; sin individuo, como un rostro sin dicción. Por lo tanto, cuando se habla de alguien que acompaña a una persona en su comunicación, ésta se vuelve una carga para el que habla, porque es como la ley, invisible, es decir, se manifiesta como “el límite sin nombre contra el que viene a tropezar el lenguaje […] es el desmesurado fondo en el que el lenguaje se pierde continuamente, pero para volver idéntico a sí mismo”[7].

Esta es la razón por la que aquel que dice: “Yo” debe, continuamente acercarse a el, para encontrar por fin ese compañero que no le acompaña, aquello que no se encierra en ninguna interioridad. Es decir, aquello que hasta en sus más mínimas parcelas se encuentra en un irremediablemente afuera.

De esta forma, el afuera, queda constituido como instancia soberana del saber y no-lugar, donde la palabra literaria se desarrolla a sí misma en un espacio neutro, sin límites y sin tiempo, que no es ya el espacio clásico y cerrado de la representación.

Bibliografía:

[1] Michel Foucault, El pensamiento del afuera, 4ed., París, Pre-textos, 1997, 7-82.


[1] Michel Foucault, El pensamiento del afuera, 4ed., París, Pre-textos, 1997, pág. 12.

[2]Ibídem, pág. 17.

[3]Ibídem, pág. 25.

[4] Maurice Blanchot, novelista y crítico, nació en 1907. Su vida está enteramente consagrada a la literatura y al silencio que le es propio –muere- en febrero de 2003. En la Universidad de Estrasburgo leerá a Husserl y a Heidegger en compañía de Emmanuel Levinas, a quien desde entonces le unirá una íntima amistad. Vinculado durante su juventud a publicaciones ultranacionalistas de derechas, donde verán la luz algunos de sus primeros artículos, conoce en 1940 a Georges Bataille, con quien compartirá «el reconocimiento de una común extrañeza» y cuya influencia será decisiva para el decurso futuro de su obra y su orientación política radical de izquierdas. Al tiempo de la publicación de sus primeros relatos y novelas (Thomas el Oscuro, Aminadab), a finales de los años cuarenta, Blanchot inicia una intensa actividad como crítico literario, textos que irá reuniendo en sucesivos volúmenes: Falsos pasos (1943), La parte del fuego (1949), Lautréamont y Sade (1949), El espacio literario (1955), El libro por venir (1959; Trotta, 2005), El diálogo inconcluso (1969) y La amistad (1973). En http://www.trotta.es/pagina.php?cs_id_pagina=15&cs_id_contenido=10534, el 09 de enero de 2012.

[5]Ibídem, pág. 33.

[6]Ibídem, pág. 40.

[7]Ibídem, pág. 70.

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